jueves 9 de julio de 2009

Entre Premios y Cosa de Mí

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De vez en cuando los amigos son generosos, se acuerdan de una, y le dejan algún premio. Esta vez no ha sido uno solo, sino tres.

Premios

Recibidos de parte de Luna






Yo le doy las gracias desde aquí y quiero compartirlos con otros amigos blogueros.

Rebeca

Patricia

Sylvia

Isabel Romana

Natàlia


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Y ahora, terminando otra tarea pendiente, que me había pedido Anaís, contaré...

7 Cosas que Amo de Mí

1. Mi ilusión por emprender actividades nuevas. Tanto es así que ya tengo comprometidos los próximos cuatro años, si la vida me alcanza, y espero que sí, para realizar tres tareas pendientes: aprender a diseñar y coser, terminar y obtener mi diploma del ciclo superior de inglés y aprender a pintar. Total: cuatro años.

2. Mi disciplina. Cuando me impongo algo, lo cumplo casi a rajatabla. Y digo casi porque ser demasiado inflexible ya no tiene sentido.

3. Mi gusto por los viajes y por conocer las culturas ajenas. Si pudiera, estaría siempre viajando, viendo magníficos amaneceres en lugares distintos, establando conversaciones, aprendiendo de lo que me rodea. Y escribiendo sobre todo ello.

4. Ser capaz de sacar un relato de donde antes no había nada. Eso es como hacer salir un conejo de la chistera, sólo que aquí el truco reside en elegir un escenario, de los miles posibles que residen en mi mente, y darle la vida.

5. Me gusto yo cuando me siento equilibrada y los únicos colores en mi horizonte son el verde y el azul.

6. Mi optimismo. Aunque haya nubes negras, sé que el sol se abrirá paso y de nuevo me traerá la paz y la alegría.

7. Poder reir a carcajada limpia con una simple película de dibujos animados. Me encantan. Disfruto tanto como un niño. A veces, más.

Y hasta aquí esta esta entrada dedicada a Premios y a Mí. Gracias a todos por su paciencia.

María del Carmen Polo

sábado 4 de julio de 2009

Esos Remordimientos que nos Acompañan

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Creo que tenía diez, quizá once años. Ocurrió durante una de esas temporadas -posiblemente en el mes de mayo- que yo pasaba en Motril, con mis tíos y mi abuela materna. Fueron varias las ocasiones en las que me quedé con ellos, en su casa del Puerto, y si bien al principio echaba de menos a mis padres y a mis hermanos, sintiéndome tan desgraciada como un perrillo abandonado, conforme pasaban los días el sentimiento de pérdida se iba diluyendo en el agua salada que bañaba la playa de las Azucenas; se mezclaba con la arenilla húmeda, llena de caracolillos y conchas; se fundía con los cañaverales y las tablas carcomidas de las barquillas que ya no faenaban más; hasta desaparecer por completo.

1950. Fotógrafo: W. Eugene Smith

La sensación de angustia daba paso a la más rutilante alegría y eran tan intensos los olores, los sabores, los colores, los sonidos... que se quedaron pegados a mi piel y nunca más me han abandonado. Olor a redes puestas a secar, apestando a pescado podrido, a mar, a caña de azúcar, a vega repleta de flores, a alquitrán. Sabor a higos chumbos, a boquerones fritos, a sardinas y pulpo asado, a migas. El color azul intenso del mar, el verde de los campos de caña, el rojo de las buganvillas y el blanco cremoso de la madreselva. El sonido potente de la sirena de los grandes barcos, saliendo por la bocana del puerto; el runrun del motor de los pesqueros, cuando atracaban; el leve siseo de la arena mientras mis pies se hundían en ella...

Debió ser en mayo, porque era cuando los niños hacían la primera comunión. En la procesión varios adultos llevaban una imagen de Dios Niño. A su alrededor, el cura, los monaguillos, y varios niños y niñas vestiditos de blanco. Las cabezas de las nenas se adornaban de un simple velo corto.

Cuadro de Alex Pérez

Yo iba vestida de organdí, blanco también, aunque mi primera comunión ya la había tomado a los siete años. Era, pues, una veterana a mis diez, quizá once años. No sé por qué extraña casualidad, mi abuela -tuvo que ser mi abuela, ¿quién si no?- me había comprado un polo, pequeño, con más hielo que otra cosa, pero era un polo, algo muy raro de alcanzar en aquellos días donde se vivía con lo justo. Yo no lo sabía entonces pero, ahora lo sé, éramos tan pobretones como el resto de las familias que me rodeaban, en aquel Puerto de Motril humilde y marinero. Había dinero para migas, para unos garbanzos, para no pasar hambre, pero no había dinero para caprichos como helados o polos, por eso, cuando te compraban uno, era realmente una fiesta.

A mí me habían comprado un polo e iba chupándolo, limpia y orgullosa, detrás del Dios Niño, en la procesión. A un lado de la calle, en lo que debería haber sido una acera y sólo era más tierra, una niña, más o menos de mi edad, sucia, desaliñada, con el pelo revuelto y seguramente lleno de piojos, mirando con una ansia infinita al polo que yo sujetaba entre mis dedos, me dijo... ¿me lo das?

¿Me lo das?
A ver... Vamos a ver... Cómo que... me lo das...


Yo me quedé mirando, perpleja, a aquella niña con sus churretes y su pelo desgreñado y le contesté, titubeando... te dejo que lo chupes... Y la nena le dió varios chupetones y después, impaciente, yo seguí mi camino en la fila, en la procesión, comiéndome el resto de mi polo y... sintiéndome totalmente culpable.

Seguramente yo iba pensando, enrabietada... pero, ¿cómo se ha atrevido? ¿con qué derecho me ha pedido que le dé mi polo, cuando probablemente ya no volveré a probar otro en un montón de tiempo? No. No. No. No se puede pedir que les des un polo cuando uno no puede comprarlo a menudo. Es totalmente injusto...

1952. Fotógrafo: Dmitri Kessel

Aquella pobre niña -algo más pobre que yo, que al menos iba limpia a diario y no tenía piojos-, la que le dió algunos lametones a mi polo, desapareció de mi horizonte aquel mismo día, ya que nunca más volví a verla, pero la sensación de culpabilidad ha permanecido desde entonces ya que fui incapaz de desprenderme completamente de aquel bien tan preciado para mí, en aquellos momentos. El cura nos decía que había que ser generosos, que era mejor dar que recibir -claro, mira tú qué cachondo, como él seguramente sí que comía polos todos los días...-, pero creo que para una niña de diez, quizá once años, ese desinteresado dar puede que no fuera tan maravilloso como recibir. Más bien era algo de tontos.

Creo también que, sin saberlo, aquel día de procesión, caminando con los críos vestidos de blanco, detrás de un Dios Niño al que debía darle igual ocho que ochenta toda aquella pantomima, me di cuenta de cuán injusta es la vida. Comprendí que unos tienen polos -aunque sea muy de vez en cuando- y otros tienen que mendigarlos porque saben que un polo no es algo que pueda aparecer con certeza en su camino, ni de vez en cuando, ni nunca.

Mi sensación, siempre que recuerdo aquel momento, es de desasosiego. Me veo a mí misma, con carita de desamparo, mirando a la nena y al polo. Veo a la nena, con cara de reproche, mirándome a mi y al polo. Y siento mi dilema: ¿qué hago? ¿qué hago?

Yo hubiera querido tener poderes especiales y haber multiplicado el polo, por dos, o por doscientos, pero parece ser que, si hablamos de buenos cristianos, ese don sólo lo tenía Jesús, el del vino de las bodas de Canaán, el de los panes y los peces.

Yo, que no soy Jesús, hice lo único que podía hacer una niña de diez, quizá once años, que rara vez tenía acceso a un helado, y era decirle: mira, muchacha, no me fastidies, dale unas cuantas chupadas, y adiós muy buenas.

María del Carmen Polo

miércoles 1 de julio de 2009

Repasando

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A ver, repasando mi lista de cosas pendientes, llego a la conclusión de que estoy retrasada en...
...bueno...
...en todo.

Cuadro de Susan Cox


En dejar el texto y las fotos de Albarracín y Teruel.
Pasar a saludar y comentar los blogs de las buenas gentes que tienen la gentileza de llegar hasta aquí.
Escribir en mis blogs con algo más de asiduidad.
Jugar al juego al que me invitó Kenza, hace días, y al cual yo dije que oui.

De modo que hay que decidirse y empezar ya a tachar cosas de la lista, antes de que den las seis, porque a dicha hora me marcho de compras, que para eso están ya las rebajas y hay que aprovechar. Mi intención, al menos, es comprar ropa. Otra cosa será que encuentre algo que me guste.

Vamos, pues, al lío. Dejaré de lado, por unos momentos, el libro que estoy leyendo, El Loro en el Limonero, de Chris Stewart, el cual comencé ayer en el tren y ya va por la mitad -es lo que tiene que me guste un libro: me lo bebo como si fuera zumo de naranja. Y como me gusta tanto, quiero hablaros brevemente de este autor y su obra, antes de pasar a otro tema.


El Loro en el Limonero es, digamos, "una continuación", por decir algo, del libro Entre Limones. Como tienen, ambos, a las Alpujarras granaínas por guía, relatando idas y venidas de sus gentes, y del ganadero-agricultor-esquilador que ha llegado a ser el inglés Chris Steward-uno de los primeros fundadores del grupo Génesis-, en su cortijo El Valero, junto a su mujer y su hija, es un libro muy ameno.

No sólo porque me habla de unos pueblos de la provincia de Granada que me suenan, e incluso he visitado alguno, y de unas sierras que he visto cada vez que he bajado a mi Motril de mis entretelas, con sus chumberas, sus adelfas, sus almendros, los barrancos y los riachuelos, sino porque son dos libros divertidísimos, llenos de anécdotas de la vida alpujarreña, descritas con un gran sentido del humor.

Son libros para sentarse bajo una higuera, mientras la brisa nos alborota un poco el pelo, y dejar correr las horas, manteniendo la sonrisa mientras leemos y soltando la carcajada de vez en cuando.


Son, para mí, escritos frescos, tan frescos y agradables como las noches de primavera en un vallecito granadino donde las estrellas son las únicas farolas, y donde el sonido que ameniza ese trocito de mundo lo regala el gorgoteo del río y los zorros en sus correrías nocturnas.

Dejo, pues, El Loro en el Limonero para mañana, en el tren, y voy a complacer a Kenza. Voy a decir siete cosas sobre mí, ya que de eso se trata el juego.

1. Me gusta viajar sobre todas las cosas. Lo he hecho siempre, desde que nací. Seguiré viajando, espero, hasta que no me queden fuerzas.

2. Conservo postales, cartas, recuerdos de todo tipo, desde que tenía apenas 10 años. Me gusta abrir mis cajitas del tesoro y aspirando el perfume que desprenden volver a revivir instantes de mi niñez y de mi adolescencia.

Cuadro de Kit Hevron Mahoney

3. No me es posible, por cuestiones laborales, pero si pudiera, volvería a pasar las fiestas de San Pedro, en Nueva Carteya, junto a mi hermana Loli, mis primos, mis padres... Lo pasábamos tan bien, que todavía resuenan en mi cabeza las risas de la madrugada, volviendo a casa a las tres de la mañana, por calles solitarias que olían a rosas, damas de noche y jazmines, mientras las notas de las guitarras se escapaban de la feria y llegaban, amortiguadas, hasta nosotros, mecidas por el airecillo calentón de finales de junio.

4. Me gustan las telas vaporosas. Los vestidos y las faldas con tejidos de ala de mariposa, de esos que se arrugan y te caben en un puño. Son suaves y deliciosos.

5. Tengo carnet de conducir, pero no me gusta hacerlo en absoluto. Prefiero que me lleven e ir admirando el paisaje.

6. Detesto los pimientos.



7. Soporto el calor como un dromedario. Quizá tenga algo que ver el haber nacido en Almería, en agosto.

Y hasta aquí, algo más de mí.

Buena tarde para todos porque yo... me marcho ya a buscar esas prendas con esas telitas que tanto me gustan.

María del Carmen Polo

lunes 29 de junio de 2009

Hablemos de la Luna, me pides...

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Quieres que hablemos de la luna, esa luna que nos mira, fría, desde su brillante indiferencia.

Pero es que me gusta la luna... –dices.

Y yo te entiendo. Y te dejo hablar de ella, por supuesto.

Pero entiéndeme tú a mí.

Hoy soy yo la que quiere contar.

Así, que, por favor, déjame hablar de esas pequeñas cosas a las que apenas prestamos atención.

Porque yo te querría hablar de los pestiños dorados, rezumantes de miel, que mi madre me compraba en aquella calle de Motril que olía a pescado y a claveles. Calle atestada de gitanos exponiendo en sus cestas de mimbre los higos chumbos maduros y los trozos de caña de azúcar; de cómo la dulce masa se deshacía en mi boca y mis dedos quedaban pegajosos y llenos de pringue.

Quiero contarte sobre la rosa que, olvidada -¿quién me la regaló?-, quedó, reseca y descolorida, entre las hojas de aquel libro que leí una vez y nunca más hojeé, o sobre las tijeras que mi abuela me legó, como quien entrega una parte de sí misma, cuando yo tenía catorce, al despedirse de mí para volver a Granada. Tijeras menudas que después de toda una vida a su lado y bastantes años de permanecer junto al mío, aún continúan ejerciendo su función sin decaer y sin rendirse.

Podría hablarte de aquel hombre fuerte, de pelo negro y recio que de pie, en su carreta tirada por dos caballos, con las piernas abiertas, yo veía pasar, cada día, junto al patio de aquel colegio segoviano, en Nava de la Asunción, poblando mis noches adolescentes de fantasías eróticas.


Yo quiero hablarte de las judías verdes, los tomates rojos, las vainas suaves de las habas y los pimientos brillantes como el cristal que mi padre cultivaba, en aquel terreno estrecho detrás del cuartel, huerto improvisado, situado entre la playa y el monte, bajo el luminoso cielo de Cádiz; y el placer que experimentaban mis manos al arrancar una lechuga tierna y jugosa y triturar las hojas con mis dientes menudos, sintiendo cómo se deshacían en mi lengua, llenándomela de agua.

Te puedo hablar de acuarelas y pinceles, de trigales y de eras, de tormentas y de incendios, de perros y de ríos, de barcas bañadas de sal y redes apestando a podrido esperando a ser reparadas, de faros y de barcos entrando a puerto, de estaciones abandonadas y de trenes que transportan hasta otros mundos, de pinares silenciosos y del desierto encendido con la luz del atardecer...


Te puedo hablar de todas esas nimiedades. Y de muchas más.

Hagamos un pacto... te hablaré de lo simple, de lo cotidiano, de lo que apenas tiene importancia. Yo te hablaré de todo lo que me rodea en la Tierra.

La Luna...

... la Luna es tuya.

María del Carmen Polo

sábado 27 de junio de 2009

¿Qué estará pensando el gallo?

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Tengo la ventana abierta y hasta aquí, donde estoy tecleando -que no escribiendo, porque voy a ser honesta y debo distinguir entre lo que tiene 'sustancia' de lo que es mera tontería... con lo cual... oh, là, là... me estoy dando cuenta de que en mis blogs no dejo nada más que... chorradas. Vaya... qué hermosa revelación...-, me llega el cacareo desaforado del gallo de uno de mis vecinos que habita, junto a alguna que otra gallina -el gallo, no el vecino-, en un gallinero redondo, rodeado de malla, para que no se escapen -tipo pajarera, ya me entienden...- con una cúpula preciosa, toda engarzada de piedrecitas de colores que brilla como las cúpulas de las mezquitas turcas.

Cuadro de Robert A. Johnson
No sé si el pobre gallo está esfadadísimo, a juzgar por la contundencia y el tono subido de su verborrea cacareril, o es que se está desplumando de risa por algún chiste que le haya contado alguna de sus vecinas de apartamento, léase pajarera o gallinero.

Tiendo a inclinarme más por lo primero que por lo segundo, porque a ver... ¿qué pinta, en un chalet, un gallo con unas gallinas, en una pajarera de lujo, al lado de una piscina? Y me ha salido hasta con rima y todo, fíjense. El gallo, con razón, tiene que estar hasta los mismos espolones de dar vueltas en un palmo, y de no poder picotear arriba y abajo, buscando granitos, bichitos, gusanos... por su casa natural que es el campo, o en su defecto un hermoso gallinero donde nadie se estorbe y él pueda mangonear a su antojo.

A mi me parece una incongruencia tener un gallo de esta manera. Me enternece, claro, porque al escucharle me recuerda mi infancia, la casa de mis abuelos, en Nueva Carteya, donde salías al patio y daba gloria ver los polluelos, el gallo, las gallinas, alguna de las cuales siempre acababa desplumada en la cocina y más tarde en el puchero. A quien no debe enternecerle en absoluto, tan dicharachero emplumado, es a los vecinos, cuando la simpática avecilla se pone a cantar diana a las cinco de la mañana -vaya, otra vez una rima que dejo. Hoy, además de feliz, estoy inspirada a la hora de escribir... o lo que quiera que sea esto.

Por tanto, yo creo que el gallo vocinglero está frustrado, agotado, cansado, estresado, cabreado... y todos los ados más que quieran adjudicarle. Entiendo que se tenga amor al terruño, pero... ¿intentar reproducir el sabor del pueblo en una gran ciudad? No sé los demás, pero yo, la verdad... no lo veo.

Cuadro de Susan Cox


Y hablando de amor a la tierra, de nuevo -y será ya el tercer año- he recibido la invitación de la Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Nueva Carteya (Córdoba), para que participe, con un relato, en la revista de la feria de agosto. A mi me encanta enviar mis escritos a esa revista porque me leen mis titas, mis primos, las amigas, los vecinos de mis titas y de mis primos... y una gran parte de los carteyanos, que no me conocen pero a los cuales mi nombre les suena y saben a qué familia pertenezco. Así, pues, un feria más, mis escritos se difundirán por ese pueblo querido que es Nueva Carteya.

Es algo modesto, pero aún así no deja de ser importante para mí. ¿Verdad que es una buena noticia?
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María del Carmen Polo