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Creo que tenía diez, quizá once años. Ocurrió durante una de esas temporadas -
posiblemente en el mes de mayo- que yo pasaba en Motril, con mis tíos y mi abuela materna. Fueron varias las ocasiones en las que me quedé con ellos, en su casa del Puerto, y si bien al principio echaba de menos a mis padres y a mis hermanos, sintiéndome tan desgraciada como un perrillo abandonado, conforme pasaban los días el sentimiento de pérdida se iba diluyendo en el agua salada que bañaba la playa de las Azucenas; se mezclaba con la arenilla húmeda, llena de caracolillos y conchas; se fundía con los cañaverales y las tablas carcomidas de las barquillas que ya no faenaban más; hasta desaparecer por completo.
1950. Fotógrafo: W. Eugene Smith

La sensación de angustia daba paso a la más rutilante alegría y eran tan intensos los olores, los sabores, los colores, los sonidos... que se quedaron pegados a mi piel y nunca más me han abandonado. Olor a redes puestas a secar, apestando a pescado podrido, a mar, a caña de azúcar, a vega repleta de flores, a alquitrán. Sabor a higos chumbos, a boquerones fritos, a sardinas y pulpo asado, a migas. El color azul intenso del mar, el verde de los campos de caña, el rojo de las buganvillas y el blanco cremoso de la madreselva. El sonido potente de la sirena de los grandes barcos, saliendo por la bocana del puerto; el runrun del motor de los pesqueros, cuando atracaban; el leve siseo de la arena mientras mis pies se hundían en ella...
Debió ser en mayo, porque era cuando los niños hacían la primera comunión. En la procesión varios adultos llevaban una imagen de Dios Niño. A su alrededor, el cura, los monaguillos, y varios niños y niñas vestiditos de blanco. Las cabezas de las nenas se adornaban de un simple velo corto.
Cuadro de Alex Pérez

Yo iba vestida de organdí, blanco también, aunque mi primera comunión ya la había tomado a los siete años. Era, pues, una veterana a mis diez, quizá once años. No sé por qué extraña casualidad, mi abuela -
tuvo que ser mi abuela,
¿quién si no?- me había comprado un polo, pequeño, con más hielo que otra cosa, pero era un polo, algo muy raro de alcanzar en aquellos días donde se vivía con lo justo. Yo no lo sabía entonces pero, ahora lo sé, éramos tan pobretones como el resto de las familias que me rodeaban, en aquel Puerto de Motril humilde y marinero. Había dinero para migas, para unos garbanzos, para no pasar hambre, pero no había dinero para caprichos como helados o polos, por eso, cuando te compraban uno, era realmente una fiesta.
A mí me habían comprado un polo e iba chupándolo, limpia y orgullosa, detrás del Dios Niño, en la procesión. A un lado de la calle, en lo que debería haber sido una acera y sólo era más tierra, una niña, más o menos de mi edad, sucia, desaliñada, con el pelo revuelto y seguramente lleno de piojos, mirando con una ansia infinita al polo que yo sujetaba entre mis dedos, me dijo...
¿me lo das?¿Me lo das?
A ver... Vamos a ver... Cómo que... me lo das...Yo me quedé mirando, perpleja, a aquella niña con sus churretes y su pelo desgreñado y le contesté, titubeando...
te dejo que lo chupes... Y la nena le dió varios chupetones y después, impaciente, yo seguí mi camino en la fila, en la procesión, comiéndome el resto de mi polo y... sintiéndome totalmente culpable.
Seguramente yo iba pensando, enrabietada...
pero, ¿cómo se ha atrevido? ¿con qué derecho me ha pedido que le dé mi polo, cuando probablemente ya no volveré a probar otro en un montón de tiempo? No. No. No. No se puede pedir que les des un polo cuando uno no puede comprarlo a menudo. Es totalmente injusto...1952. Fotógrafo: Dmitri Kessel

Aquella pobre niña -
algo más pobre que yo, que al menos iba limpia a diario y no tenía piojos-, la que le dió algunos lametones a mi polo, desapareció de mi horizonte aquel mismo día, ya que nunca más volví a verla, pero la sensación de culpabilidad ha permanecido desde entonces ya que fui incapaz de desprenderme completamente de aquel bien tan preciado para mí, en aquellos momentos. El cura nos decía que había que ser generosos, que era mejor dar que recibir -
claro, mira tú qué cachondo, como él seguramente sí que comía polos todos los días...-, pero creo que para una niña de diez, quizá once años, ese
desinteresado dar puede que no fuera tan maravilloso como
recibir. Más bien era algo de tontos.
Creo también que, sin saberlo, aquel día de procesión, caminando con los críos vestidos de blanco, detrás de un Dios Niño al que debía darle igual ocho que ochenta toda aquella pantomima, me di cuenta de cuán injusta es la vida. Comprendí que unos tienen polos -
aunque sea muy de vez en cuando- y otros tienen que mendigarlos porque saben que un polo no es algo que pueda aparecer con certeza en su camino, ni de vez en cuando, ni nunca.
Mi sensación, siempre que recuerdo aquel momento, es de desasosiego. Me veo a mí misma, con carita de desamparo, mirando a la nena y al polo. Veo a la nena, con cara de reproche, mirándome a mi y al polo. Y siento mi dilema:
¿qué hago? ¿qué hago?Yo hubiera querido tener poderes especiales y haber multiplicado el polo, por dos, o por doscientos, pero parece ser que, si hablamos de buenos cristianos, ese don sólo lo tenía Jesús, el del vino de las bodas de Canaán, el de los panes y los peces.
Yo, que no soy Jesús, hice lo único que podía hacer una niña de diez, quizá once años, que rara vez tenía acceso a un helado, y era decirle:
mira, muchacha, no me fastidies, dale unas cuantas chupadas, y adiós muy buenas.
María del Carmen Polo