DOMINGO, DÍA 22
escondida entre las jaras.
Luna, lunita de oro,
luna, lunita gitana.
Los niños juegan al corro
mientras la luna morena
canta con ecos de plata
a la Alhambra y a la vega,
al Mulhacén y a Granada...
...pero no era precisamente la luna la que nos alumbraba cuando dejamos el coche y enfilamos hacia la entrada de la Alhambra. El sol, que ya se intuía poderoso a aquellas tempranas horas de la mañana, nos mostraría todo su esplendor mientras recorríamos los jardines de tan esplendoroso lugar.
Nada más entrar nos encontramos con los granados. Granados dándonos la bienvenida. Granados cuyas flores, vistas de lejos, parecían mariposas descansando antes de emprender el vuelo.

¡Qué diferencia entre la visita nocturna y la diurna a este recinto! La noche anterior el paseo había sido recogido, poco multitudinario y no habíamos visto los jardines que ahora recorríamos, ni habíamos entrado en el Generalife, sólo en los Palacios Nazaríes. Ahora los caminos hervían de colores, de voces en distintos idiomas, de niños que llamaban a sus padres, de paseantes admirando cada piedra, las fuentes y todas las flores.

Primero el Generalife, ese espacio mágico donde una, de buena gana, se quedaría a vivir, si la dejaran. Murmullos de agua, aromas de rosas, revuelo de mariposas.... Un oasis. Puro placer para los sentidos.

Y después... la Alcazaba, y para ello pasamos la Puerta del Vino y entramos en la explanada que conduce hasta el edificio. Curioso nombre el de esta puerta, sabiendo que la religión musulmana prohíbe dicho néctar... Por eso, pensé, debía tratarse de algo relacionado con los cristianos y, efectivamente, según se dice esa puerta, construida por Muhammad V durante el siglo XIV, debía llamarse la puerta Bib al-hamra, es decir la puerta roja o la puerta de La Alhambra. Pero esa palabra fue confundida por los cristianos con Bib al-jamra que significa justamente la puerta del vino. Y así se ha quedado.

Por aquí y por allá se veían recordatorios de aquellas personas ilustres que un día se inspiraron en ella o la habitaron como si esto hubiera sido un hotel de... en fin, de demasiadas estrellas, porque son muchas las que tendría si este lugar se transformara en alojamiento, y no todos podríamos tener acceso a gozar de sus estancias durante una o más noches.

No obstante ellos, y me refiero a Debussy, Albéniz y Washintong Irving, por aquí anduvieron o estuvieron hospedados, y disfrutaron de una situación privilegiada, sin duda alguna.

Debieron sentirse como sultanes. Al menos yo me sentiría como una princesa mora si hubiera tenido la oportunidad de asomarme a sus miradores y ver, al amanecer, o en el crepúsculo, cómo se iluminaba la sierra, el Albaicín y el Sacromonte...

La Alcazaba tal como la vemos, la construyó Mohamed I, quien amuralló el anterior castillo, levantó defensas y las tres nuevas torres (la Quebrada, la del Homenaje y la de la Vela), con lo que la convirtió en una auténtica fortaleza. Allí el rey establecería la residencia real, función que conservó durante el mandato de su hijo Mohamed II, hasta que los palacios fueron terminados. A partir de entonces quedó como fortaleza militar. Ahora las únicas hordas que hacían resonar sus suelas sobre el suelo polvoriento éramos los turistas, sedientos, acalorados, que nos deslizábamos parsiomoniosamente entre aquellos muros bajos que un día se elevaron hasta conformar los aposentos de la tropa.

La Alcazaba, cuentan, anduvo abandonada y descuidada completamente durante mucho tiempo, pero a diferencia de la Alhambra, no fue hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando se comenzaron los trabajos de restauración, exploración y saneamiento. Y menos mal, porque sería una pena no poder disfrutar de este espacio y hacer trabajar a la imaginación tratando de vislumbrar cómo sería la vida que se llevaba entre estos muretes.

La panorámica de Granada desde sus torres es fantástica. Casi daban ganas de tener alas y echar a volar por encima de sus tejados, por la vega, y llegar hasta las montañas...

La luz, el aire, caía en cascadas sobre todos nosotros, ¿cómo no sentirse agradecidos por poder disfrutar de tal espectáculo?
El Albaicín y Sacromonte, apacibles, mostrando todo su encanto, dejándose admirar por todos nosotros. La primera vez que visité la Alhambra, hace años, una italiana se quedó extasiada ante esta visión y exclamó... ¡Mamma mía, qué espectácolo!... Ahora era un chico norteamericano, o un inglés, no sé bien, el que decía... Oh, my God, this view is terrible!!! Y, efectivamente, era terriblemente hermosa aquella vista. Un imán de belleza para los ojos.
De nuevo entramos en los Palacios Nazaríes. Podíamos ver, ahora, con nitidez los arcos, los dibujos, las losas, las inscripciones, las invocaciones...
Las celosías me encantan. El misterio en el que se envuelve la habitación, el frescor que la habita, la luminosidad que la adorna y que penetra apaciguada a través de las filigranas esculpidas en la madera de las ventanas, todo revierte en el bienestar de aquel que tenga la suerte de encontrarse en el interior de estas salas.

No podría haber sido de otra manera. Vivir aquí, poco o mucho, sirve para inspirar al más insensible, pero Irving de insensible no tenía nada, por eso ambientó sus cuentos en este lugar, envueltos en la magia, el misterio, las fragancias que aquí se respiran.
Uno de sus relatos, Leyenda del Príncipe Ahmed al Kamel o el Peregrino del amor, comienza así...
...Había en otros tiempos un rey moro de Granada que sólo tenía un hijo, llamado Ahmed, a quien los cortesanos le pusieron el nombre de Al Kamel o El Perfecto, por las inequívocas señales de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia. Los astrólogos hicieron acerca de él felices pronósticos, anunciando en su favor toda clase de dones suficientes para que fuese un príncipe dichoso y un afortunado soberano. Una sola nube oscurecía su destino, aunque era de color de rosa: «¡Que sería muy dado a los amores y que correría grandes peligros por esta irresistible pasión; pero que, si podía evadir los lazos del amor hasta llegar a la edad madura, quedarían conjurados todos los peligros y su vida sería una sucesión no interrumpida de felicidades!...»
Y no es difícil imaginarse a dicho príncipe, guapo como el sol y altivo como el Mulhacén que se adorna de bruma en el horizonte.

El silencio, la calma que debía proporcionar este lugar a sus moradores debía ser incomparable. Encajes finos son las paredes, y las columnas, las bóvedas, las salas, los salones y los balcones. Destreza de orfebres para el gozo de los sentidos.
El Patio de los Leones, huérfano de leones que miren, con su paciencia de siglos, al visitante. Pero el resto del recinto sigue ofreciendo la misma hermosura que antaño.
Salir, a continuación, a caminar por los patios y los jardines. El sonido del agua siempre presente, igual que las flores y el sol.
Es imposible no mirar hacia atrás en el tiempo y pensar en aquellos moradores, sus dueños, que un día dejaron sus ensoñaciones enredadas entre las sombras de las palmeras, que sintieron el croar de las ranas mientras sus manos acariciaban el agua clara y sus ojos se posaban en las montañas cercanas. Tanto tiempo ha pasado desde entonces y en realidad ha sido un suspiro...

E imagino que pasarán mil años más y, espero, todo esto seguirá siendo un trozo del paraíso, un vergel recorrido por miles de personas que se harán la misma reflexión... cuánta felicidad lograda entre estos muros, cuántos murmullos y rezos, cuantos sueños desgranados bajo los naranjos, las buganvillas y los jazmineros...
Poquito a poquito, nuestro paseo iba tocando a su fin. Con la retina repleta de rincones bellos nos estábamos despidiendo de la Alhambra deseando que fuera por corto espacio de tiempo. Este sitio hay que saborearlo muchas veces, por eso envidio a los granadinos que lo tienen tan a mano y es tan suyo.
Mientras nos despedíamos de sus estanques y su exuberancia, pensaba en el perfume percibido durante la noche, cuando habíamos recorrido los jardines situados entre la Alcazaba y los Palacios Nazaríes, casi en soledad. Ahora también recibíamos el aroma de las flores pero venía mezclado con el sonido de las voces, de los pasos y el ajetreo de los pájaros.
Qué pronto se había terminado el fin de semana... Cierto que aún quedaba almorzar, cosa que hicimos en un restaurante antes de abandonar la ciudad, y la vuelta a casa, pero al despedirnos de la Alhambra ya nuestro espíritu se encontraba más cerca de Madrid que de Granada.
El regreso fue más cómodo que la venida. Nos encontramos mucho menos tráfico con lo que nuestro viaje duró apenas cuatro horas, y eso contando incluso el desvío y el descubrimiento de una nueva ruta, ya cercanos a Madrid: la Autovía de las Viñas, en la provincia de Toledo. Una maravilla que exploraremos más adelante porque en esa ruta se ubica Consuegra, un pueblo delicioso, con sus preciosos molinos de viento antiguos sobre la colina.
Volveremos a Granada. Lo haremos porque aún queda mucho por ver, no sólo en la ciudad, sino en sus alrededores. Volveremos porque Granada es hermosa, cálida, acogedora. Porque es una joya que todos podemos atesorar y llevarnos con nosotros, para siempre.
María del Carmen Polo










































