domingo 13 de julio de 2008

La Alhambra, Luz en la Mañana Granadina (y II)

GRANADA
DOMINGO, DÍA 22


La luna vela los sueños,
escondida entre las jaras.
Luna, lunita de oro,
luna, lunita gitana.
Los niños juegan al corro
mientras la luna morena
canta con ecos de plata
a la Alhambra y a la vega,
al Mulhacén y a Granada...

...pero no era precisamente la luna la que nos alumbraba cuando dejamos el coche y enfilamos hacia la entrada de la Alhambra. El sol, que ya se intuía poderoso a aquellas tempranas horas de la mañana, nos mostraría todo su esplendor mientras recorríamos los jardines de tan esplendoroso lugar.

Nada más entrar nos encontramos con los granados. Granados dándonos la bienvenida. Granados cuyas flores, vistas de lejos, parecían mariposas descansando antes de emprender el vuelo.




¡Qué diferencia entre la visita nocturna y la diurna a este recinto! La noche anterior el paseo había sido recogido, poco multitudinario y no habíamos visto los jardines que ahora recorríamos, ni habíamos entrado en el Generalife, sólo en los Palacios Nazaríes. Ahora los caminos hervían de colores, de voces en distintos idiomas, de niños que llamaban a sus padres, de paseantes admirando cada piedra, las fuentes y todas las flores.



Primero el Generalife, ese espacio mágico donde una, de buena gana, se quedaría a vivir, si la dejaran. Murmullos de agua, aromas de rosas, revuelo de mariposas.... Un oasis. Puro placer para los sentidos.



Y después... la Alcazaba, y para ello pasamos la Puerta del Vino y entramos en la explanada que conduce hasta el edificio. Curioso nombre el de esta puerta, sabiendo que la religión musulmana prohíbe dicho néctar... Por eso, pensé, debía tratarse de algo relacionado con los cristianos y, efectivamente, según se dice esa puerta, construida por Muhammad V durante el siglo XIV, debía llamarse la puerta Bib al-hamra, es decir la puerta roja o la puerta de La Alhambra. Pero esa palabra fue confundida por los cristianos con Bib al-jamra que significa justamente la puerta del vino. Y así se ha quedado.



Por aquí y por allá se veían recordatorios de aquellas personas ilustres que un día se inspiraron en ella o la habitaron como si esto hubiera sido un hotel de... en fin, de demasiadas estrellas, porque son muchas las que tendría si este lugar se transformara en alojamiento, y no todos podríamos tener acceso a gozar de sus estancias durante una o más noches.



No obstante ellos, y me refiero a Debussy, Albéniz y Washintong Irving, por aquí anduvieron o estuvieron hospedados, y disfrutaron de una situación privilegiada, sin duda alguna.



Debieron sentirse como sultanes. Al menos yo me sentiría como una princesa mora si hubiera tenido la oportunidad de asomarme a sus miradores y ver, al amanecer, o en el crepúsculo, cómo se iluminaba la sierra, el Albaicín y el Sacromonte...



La Alcazaba tal como la vemos, la construyó Mohamed I, quien amuralló el anterior castillo, levantó defensas y las tres nuevas torres (la Quebrada, la del Homenaje y la de la Vela), con lo que la convirtió en una auténtica fortaleza. Allí el rey establecería la residencia real, función que conservó durante el mandato de su hijo Mohamed II, hasta que los palacios fueron terminados. A partir de entonces quedó como fortaleza militar. Ahora las únicas hordas que hacían resonar sus suelas sobre el suelo polvoriento éramos los turistas, sedientos, acalorados, que nos deslizábamos parsiomoniosamente entre aquellos muros bajos que un día se elevaron hasta conformar los aposentos de la tropa.



La Alcazaba, cuentan, anduvo abandonada y descuidada completamente durante mucho tiempo, pero a diferencia de la Alhambra, no fue hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando se comenzaron los trabajos de restauración, exploración y saneamiento. Y menos mal, porque sería una pena no poder disfrutar de este espacio y hacer trabajar a la imaginación tratando de vislumbrar cómo sería la vida que se llevaba entre estos muretes.



La panorámica de Granada desde sus torres es fantástica. Casi daban ganas de tener alas y echar a volar por encima de sus tejados, por la vega, y llegar hasta las montañas...


La luz, el aire, caía en cascadas sobre todos nosotros, ¿cómo no sentirse agradecidos por poder disfrutar de tal espectáculo?



El Albaicín y Sacromonte, apacibles, mostrando todo su encanto, dejándose admirar por todos nosotros. La primera vez que visité la Alhambra, hace años, una italiana se quedó extasiada ante esta visión y exclamó... ¡Mamma mía, qué espectácolo!... Ahora era un chico norteamericano, o un inglés, no sé bien, el que decía... Oh, my God, this view is terrible!!! Y, efectivamente, era terriblemente hermosa aquella vista. Un imán de belleza para los ojos.



De nuevo entramos en los Palacios Nazaríes. Podíamos ver, ahora, con nitidez los arcos, los dibujos, las losas, las inscripciones, las invocaciones...



Las celosías me encantan. El misterio en el que se envuelve la habitación, el frescor que la habita, la luminosidad que la adorna y que penetra apaciguada a través de las filigranas esculpidas en la madera de las ventanas, todo revierte en el bienestar de aquel que tenga la suerte de encontrarse en el interior de estas salas.


No podría haber sido de otra manera. Vivir aquí, poco o mucho, sirve para inspirar al más insensible, pero Irving de insensible no tenía nada, por eso ambientó sus cuentos en este lugar, envueltos en la magia, el misterio, las fragancias que aquí se respiran.



Uno de sus relatos, Leyenda del Príncipe Ahmed al Kamel o el Peregrino del amor, comienza así...

...Había en otros tiempos un rey moro de Granada que sólo tenía un hijo, llamado Ahmed, a quien los cortesanos le pusieron el nombre de Al Kamel o El Perfecto, por las inequívocas señales de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia. Los astrólogos hicieron acerca de él felices pronósticos, anunciando en su favor toda clase de dones suficientes para que fuese un príncipe dichoso y un afortunado soberano. Una sola nube oscurecía su destino, aunque era de color de rosa: «¡Que sería muy dado a los amores y que correría grandes peligros por esta irresistible pasión; pero que, si podía evadir los lazos del amor hasta llegar a la edad madura, quedarían conjurados todos los peligros y su vida sería una sucesión no interrumpida de felicidades!...»

Y no es difícil imaginarse a dicho príncipe, guapo como el sol y altivo como el Mulhacén que se adorna de bruma en el horizonte.



El silencio, la calma que debía proporcionar este lugar a sus moradores debía ser incomparable. Encajes finos son las paredes, y las columnas, las bóvedas, las salas, los salones y los balcones. Destreza de orfebres para el gozo de los sentidos.



El Patio de los Leones, huérfano de leones que miren, con su paciencia de siglos, al visitante. Pero el resto del recinto sigue ofreciendo la misma hermosura que antaño.



Salir, a continuación, a caminar por los patios y los jardines. El sonido del agua siempre presente, igual que las flores y el sol.



Es imposible no mirar hacia atrás en el tiempo y pensar en aquellos moradores, sus dueños, que un día dejaron sus ensoñaciones enredadas entre las sombras de las palmeras, que sintieron el croar de las ranas mientras sus manos acariciaban el agua clara y sus ojos se posaban en las montañas cercanas. Tanto tiempo ha pasado desde entonces y en realidad ha sido un suspiro...


E imagino que pasarán mil años más y, espero, todo esto seguirá siendo un trozo del paraíso, un vergel recorrido por miles de personas que se harán la misma reflexión... cuánta felicidad lograda entre estos muros, cuántos murmullos y rezos, cuantos sueños desgranados bajo los naranjos, las buganvillas y los jazmineros...


Poquito a poquito, nuestro paseo iba tocando a su fin. Con la retina repleta de rincones bellos nos estábamos despidiendo de la Alhambra deseando que fuera por corto espacio de tiempo. Este sitio hay que saborearlo muchas veces, por eso envidio a los granadinos que lo tienen tan a mano y es tan suyo.


Mientras nos despedíamos de sus estanques y su exuberancia, pensaba en el perfume percibido durante la noche, cuando habíamos recorrido los jardines situados entre la Alcazaba y los Palacios Nazaríes, casi en soledad. Ahora también recibíamos el aroma de las flores pero venía mezclado con el sonido de las voces, de los pasos y el ajetreo de los pájaros.



Qué pronto se había terminado el fin de semana... Cierto que aún quedaba almorzar, cosa que hicimos en un restaurante antes de abandonar la ciudad, y la vuelta a casa, pero al despedirnos de la Alhambra ya nuestro espíritu se encontraba más cerca de Madrid que de Granada.

El regreso fue más cómodo que la venida. Nos encontramos mucho menos tráfico con lo que nuestro viaje duró apenas cuatro horas, y eso contando incluso el desvío y el descubrimiento de una nueva ruta, ya cercanos a Madrid: la Autovía de las Viñas, en la provincia de Toledo. Una maravilla que exploraremos más adelante porque en esa ruta se ubica Consuegra, un pueblo delicioso, con sus preciosos molinos de viento antiguos sobre la colina.

Volveremos a Granada. Lo haremos porque aún queda mucho por ver, no sólo en la ciudad, sino en sus alrededores. Volveremos porque Granada es hermosa, cálida, acogedora. Porque es una joya que todos podemos atesorar y llevarnos con nosotros, para siempre.


María del Carmen Polo

lunes 30 de junio de 2008

Bajo el Cielo de Granada (I)



GRANADA
SÁBADO, 21 DE JUNIO


Parecía un fin de semana sin complicaciones, pero no contábamos con la afluencia de ciudadanos marroquíes en las carreteras, ni que ya, para muchas personas, habían comenzado las vacaciones, por eso la autovía de Andalucía llevaba muchísimo tráfico. Fue eso lo que más retrasó nuestro viaje, que comenzó a las 4 de la tarde, en Fuenlabrada. Eso y que la autovía de Sierra Nevada, que tomamos desde Bailén hasta Granada, está hecha una pena y aparte de los tramos en obras, que creaban grandes retenciones, el asfalto es malísimo, lleno de parches y de pequeños badenes. La Junta de Andalucía, debería emplearse a fondo con ella y poner un asfaltado nuevo, mejor que el que tiene.

Por todos estos inconvenientes llegamos a las 10 de la noche a Granada. Nuestro hotel estaba en Armilla, un pueblo que según lo que yo recordaba estaba a seis kilómetros de la capital, cuando bajaba a Motril, hace años, y ahora ya se encuentra incluido en la ciudad. Cenamos en un Wok cercano -similar al que tenemos en Fuenlabrada- y hacia las 12 nos marchamos a la camita, que el día siguiente se presentaba lleno de cosas hermosas para disfrutar y necesitábamos estar frescos y relajados.



Nuestra primera visita a la Alhambra estaba prevista para las 10 de la noche, teníamos, pues, todo el día para pasear por el centro de Granada y el Albaicín. Pensamos incluso no hacer ningún descanso y caminar, caminar, sin desperdiciar ni un solo minuto.... Pero eso era lo que pensábamos cuando salimos y, eufóricos, esperábamos el autobús... que no llegaba -al final, ante la tardanza, optamos por tomar un taxi-, porque luego el señor calor nos pondría en nuestro sitio y nos obligaría a claudicar durante un par de horas.



El taxi nos dejó cerca de la Catedral. ¡Cuánta luz! ¡Cuánta alegría se respiraba en el aire! ¿O quizá era la mía y yo la hacía extensiva a todo lo demás? Quizá una mezcla de ambas cosas. La cuenta era que ya estábamos cerca de la catedral con sus turistas haciendo cola, las gitanas tratando de leerte la mano y darte gratis una ramita que podía ser romero o cualquier otra planta, no sé bien. De todas maneras, no había tantas gitanas como me habían comentado, sobre todo más tarde, cuando subimos hacia el Albaicín. Posiblemente la hora no era propicia, debido al calor y que era el momento del almuerzo, para andar detrás de los turistas.



Antes de entrar en la catedral anduvimos aspirando los mil aromas que se desprendían de los puestos de especias que hay cerca de ella. Era un gusto para la vista ver aquellos tenderetes. Le daban ganas a una de llevarse un poco de todo, aunque algunas cosas no supiéramos bien para qué se utilizaban.



Los remedios caseros de toda la vida que persisten a pesar de las farmacias y sus sofisticados medicamentos. Por ejemplo, ¿sabían que las cortezas de abedul son muy ricas en taninos, por lo que ejercen un efecto astringente dermatológico y favorecen la cicatrización de las heridas? ¿O que el cantueso se utiliza como antiséptico y con él se realiza un preparado para limpiar llagas y heridas? Yo no, desde luego. Y como esas... muchas más.



Indagamos también en esta tienda cercana a la catedral. No sólo había hierbas medicinales y especias sino mermeladas, aceites, tés, jabones... Aquí me compraron una rosa de Jericó, la planta del desierto que puede permanece mil años dormida bajo la apariencia de unas ramitas secas hechas una pelota, pero que con el contacto del agua se abre y se torna verde. Dicen que la bendijo Jesús y que da buena suerte. Yo la he tenido en agua más de una semana y he decidido que se vuelva a dormir porque no me gustaba el olor que desprendía y además como me tengo que ir de vacaciones y no podré cuidarla, mejor que se seque de nuevo.



La catedral es una preciosidad. No había demasiada gente cuando nosotros entramos en ella excepto algunos grupos de estudiantes norteamericanos. En realidad, todos los grupos que había por allí eran chicos norteamericanos. Los guías eran granadinos y hablaban en castellano-andaluz, muy deprisa, así que yo me preguntaba, ¿se enteran estos chicos de todo lo que les dice este señor?



Sonaba la música del órgano... O algo parecido a música porque el que lo tocaba debía estar muy inspirado - o estaba practicando porque, claro, no es usual tener un órgano de iglesia en casa... - y le había dado por tocar música contemporánea, por decir algo, porque aquello era simplemente un paseo por los teclados, sin mucho orden ni concierto. Rebeca y yo le escuchábamos y nos partíamos de risa.



Y tras el fresquito de la catedral, salimos al sol, al pequeño zoco, lleno de colorido, de olores, de gente... Nos encantó tanta chuchería como había expuesta, las teterías - tan cálidas, tan íntimas, lindísimas -, las gasas, los chales, los vestidos...



... y las sandalias, las babuchas, los cubrecamas... Todo un vibrante mundo de colores que te llenaba y alegraba los sentidos.



Había quien escribía tu nombre en caligrafía árabe. Es una escritura tan bella que incluso el nombre más insulso quedaría resaltado y embellecido al ponerlo con estos signos.



Todas estas tiendecitas son parecidas a pequeñas cuevas de tesoros, llenas de encanto. A una le gustaría pasarse horas mirando, escogiendo y llevándose cosas pero luego te planteas que no puede ser, que es absurdo comprar por comprar cachivaches que fuera de allí, de esa cueva iluminada, quizá ya no tienen tanta magia.



Y tras la visita a la calle de las teterías, llegó la hora del almuerzo. No era cuestión de subir al Albaicín con el estómago vacío. El calor ya era considerable pero esperábamos que las calles estrechas mitigarían un poco la luz y la calorina.

Para el almuerzo queríamos comer de tapas o de raciones, para poder saborear y compartir varios alimentos. Las habas con jamón, por ejemplo, están divinas y a mi me encantan las habas, da igual cómo me las pongan. El gazpacho está estupendo igualmente. En fin, todo lo que se pidió supo a gloria.



Y con las fuerzas repuestas, y el sol calentando de lo lindo, emprendimos el camino del Albaicín. Sube que te sube -nos faltaba la cruz aunque el bolso al hombro pesaba como si lo fuera-, por callejitas estrechas, vacías, porque a ver quién era el guapo que se dedicaba a hacer turismo, a las 4 de la tarde, en lugar de estar tomando el cafelito helado tumbado en el sofá... Nosotros, y unos pocos más.



Estas calles son preciosas, por lo recogidas, tranquilas. Cierto que las paredes necesitan una manita de cal y que algunos artistas de pacotilla deberían respetarlas y dejarlas blancas, como debe ser, y no que las usan para sus devaneos como si fueran lienzos que cualquiera puede ensuciar.


Llegamos, en nuestra escalada, a un punto desde el que casi se podía tocar la Alhambra con la punta de los dedos. Estaba allí, majestuosa, desafiando a todos. Magnífica.




En nuestra ascensión nos encontramos con los cármenes, esos jardines-huertos que son... cómo diría yo... como poemas musicales, eso es, poemas donde las rosas, los jazmines, los limoneros son los versos y el agua las notas cristalinas que acompañan a los aromas que de ellos se desprenden.



Me entusiasman los cármenes, tan sensuales, tan bellos... pequeños templos de verdor y frescura.


Este en particular me emocionó porque no esperaba encontrármelo junto al mirador de San Nicolás. Apperley - George Owen Wynne Apperley es uno de tantos extranjeros, particularmente británicos, que quedaron subyugados por la cultura hispana y el paisaje español- , tiene una pintura maravillosa y yo he puesto bastantes cuadros suyos ilustrando algunas de mis entradas.



Desde el mirador de San Nicolás, con un calor espantoso que no mitigaba la sombra de los escasos árboles que lo adornan, se veía un espectáculo fabuloso: las sierras, la Alhambra, la ciudad, la vega...



El canto desgarrado y la guitarra seductora, amenizando la calurosa tarde, poniendo la guinda al panorama. Un cuadro armónico, perfecto.




Rebeca y Gabriel posaban así de felices, bajo el sol.




Paco haciendo amigos. El chico tocó maravillosamente bien Noches en los Jardines de España, de Manuel de Falla. Y hasta ellos, aquellos jardines mágicos que nos llamaban desde la distancia, llegaban sus notas, estoy segura.



Hicimos un alto para acercarnos a un puesto de refrescos, para tomar una granizada, frente al Mesón KiKi, y creo que es la mejor que he tomado nunca. Una granizada de limón con hierbabuena, de esas que no dejan nada de hielo y todo se consume, y que yo recomiendo a todos los que pasen por allí: está exquisita.

Como ya dije, el Albaicín necesita una manita de pintura, y no precisamente graffitis, que más bien le sobran. No obstante, estos gatos, reclamo del Mesón KiKi, me cayeron simpáticos y no pude dejar de fotografiarlos.


¿Verdad que son curiosones estos gatitos?



A las 4:30 de la tarde, más o menos, nos despedimos del mirador de San Nicolás, del puesto de refrescos, de la música, de la Alhambra y de los gatos. Tomamos un taxi y nos marchamos al hotel, porque necesitábamos un pequeño descanso.




A las 6, tras una pequeña siesta y una ducha, vuelta al centro de Granada. Teníamos cita con la Alhambra para las 10 de la noche, pero mientras tanto queríamos disfrutar de la tarde granadina. Recorrimos las placitas, tomamos helados, compramos incluso bocadillos para hacer una merienda-cena sin temor a pasar hambre.



Visitamos más callejitas exóticas, llenas de colorido y de gente. Granada estaba llena de visitantes, de turistas, que como nosotros, pretendía tomar lo mejor de ella en unas pocas horas. Era un intento vano, ya lo sé, porque es absurdo querer darse un atracón con un manjar, cuando hay que tomarlo en bocados cortos y saboreándolo al máximo. Prometimos que volveríamos, con más tiempo, para visitar la capital, la sierra, y bajar a Motril, a la playa.



Y por fin llegó la hora esperada. Qué emocionante es llegar hasta este lugar cuando las luces comienzan a encenderse... La gente hospedada en los hoteles cercanos bajaban hacia los restaurantes, vestidos elegantemente. El resto esperábamos a que se nos permitiera el paso hacia el interior del recinto.



Buscamos la entrada y aunque sabíamos que no podríamos ver todo lo que sí veríamos al día siguiente, a plena luz, al menos disfrutaríamos del espectáculo que nos brindaba la noche. ¡Qué bonitos estaban los jardines y qué bien que olían las celindas y los otros árboles que allí se encuentran! ¡ Y qué bonito está el Albaicín iluminado! Es como un sueño...



Sólo tuvimos acceso a los palacios nazaríes. Afortunadamente no había muchas personas y podíamos pasear con tranquilidad por el lugar. Sombras, misterio, encanto... El aire de la sierra acariciando a la ciudad y el cielo llenito de estrellas.



La luz era tan escasa que costaba un triunfo que salieran las fotos. Pero la mejor cámara estaba en nuestros ojos, que no sabían dónde posarse ante tanta belleza.

Cada rincón de este lugar era como una verdadera oración elevada a Alah.


A través de las ventanas llegaba el sonido del agua, se intuían los jardines florecidos, las fuentes rumorosas y la noche serena.



Finalmente, a las once y media nos despedimos de la Alhambra, hasta el día siguiente. Bajamos por la Puerta de la Justicia, entre árboles, hasta la plaza Nueva. Durante todo el camino hasta la ciudad, apenas nos encontramos con dos o tres personas. Era un paseo estupendo bajo las estrellas.



Nos sorprendió la vitalidad que la ciudad mostraba, siendo más de las doce de la noche. Las terrazas, las plazas, las calles, permanecían llenas de jóvenes que reían, de matrimonios que paseaban, de hombres y mujeres que disfrutaban de las horas nocturnas.

Cerca de la una de la madrugada nosotros dimos el día por concluido. Tomamos un nuevo taxi que nos dejó frente al hotel, en Armilla.

Esa noche dormiríamos relajados y felices de haber disfrutado del ambiente y de tantos rincones maravillosos que esta ciudad, Granada, ofrece tan generosamente a todo el que la visita.

La siguiente entrada, que espero dejar en este fin de semana, estará dedicada a la visita que hicimos a la Alhambra durante la mañana del domingo.

María del Carmen Polo

jueves 26 de junio de 2008

Desde un Cementerio Chileno

No soy amiga de cementerios, no me gustan en absoluto, y no pienso estar en ninguno, a menos que sean jardines como los que he encontrado en Austria, Dinamarca o Suecia. Bellísimos cementerios que casi no eran tales porque eran parques frondosos, esplendorosos, por los cuales la gente paseaba en paz por los senderos, mirando o no, las lápidas que quedaban sobre la hierba.

No me gustan, pues, los cementerios, pero hoy he recibido un mensaje con el texto de algunas lápidas y me he reído tanto que quiero dejarlo aquí, para que los demás también sonrían un poquito. He aquí algunos ejemplos encontrados en un cementerio chileno.


Y es que también la muerte tiene su lado humorístico y algunos saben expresarlo muy bien.

María del Carmen Polo

lunes 23 de junio de 2008

Granada, Ciudad de Luz

Obra de Francisco Bonnín. 1874-1963


Ciudad de Luz. Canción de Agua.

Es la sensación que tuve en cuanto dejamos el hotel, en Armilla, para irnos al centro: luz, una luz penetrante, bellísima, que te envolvía y te satinaba la piel. Y agua que arrulla al caminante, haciéndole más fácil y grato el sendero.

Nos ha gustado muchísimo este viaje aunque yo, tras estar el fin de semana anterior en Jaén, estaba un poco cansada no física -bueno, las agujetas que tengo en los muslos de subir escaleras, son considerables-, sino psicológicamente: los monumentos, las calles, los olores, los colores, se me amontonan en la mente y, salvo que no haya más remedio, a mi me gusta digerir un viaje antes de emprender el siguiente. De todas maneras estaba planeado así y ha salido estupendamente. Nos ha estusiasmado tanto Granada que hemos fantaseado con mudarnos a vivir allí. Hacía demasiado tiempo que yo no la visitaba y ciertamente nos ha deslumbrado. Eso sí, el calor es fuerte, y eso que no teníamos las temperaturas de Córdoba o Sevilla, de todas maneras el bochorno se hacía agobiante en las horas centrales del día, sobre todo subiendo al Albaicín o en La Alhambra -sin embargo, la noche, paseando por ella fue fabuloso, no sólo por el fresco, sino porque había poquísima gente.

No me quiero extender más aquí. Os contaré cómo he visto Granada y mostraré fotos. Espero no demorarme demasiado porque aún tengo pendiente el viaje a Úbeda y Baeza, en Nómadas. Se me acumula el trabajo y a mi me gusta hacer las cosas con tranquilidad. Esta semana será, pues, de reposo y de escritura.


María del Carmen Polo

viernes 20 de junio de 2008

Vuelvo a Granada...


Obra de Henri Emile Benoit Matisse


Sí, esta tarde vuelvo a Granada, aunque no sea mi hogar, como cantara nuestro querido Miguel Ríos -él sí volvía, cuando lo hacía, a su casa, a su hogar.

Granada -y qué nombre más jugoso y sugerente es...- una ciudad en la que nunca he vivido y de la que apenas guardo un leve recuerdo porque son ya muchos los años que no la recorro. Vuelvo a Granada y para mí, antes, volver era la alegría de regresar a Motril, a la caña, a la luminosidad del atardecer reflejada en los ojos y en la piel, al mar, al olor a pescado asado, las gaviotas, los paseos por la arena caliente, a los barquitos de pesca y a las luces de las farolas ahogándose en las aguas sucias del muelle. A la familia y las amigas. Pero eso era antes. Antes de que mis padres vendieran su casa y cambiaran aquella la playa de Santa Adela y aquel puerto tranquilo por San Fernando, en Cádiz.

Yo viajo a Granada pero no visitaré el Puerto, ¡lástima!, porque es el Puerto de Motril, y no Granada, lo que forma parte de mis recuerdos y de mi infancia.

En Granada visitaré calles, plazas, monumentos, el Albaicín, bajo un sol generoso que hará que los blancos se vuelvan violentos en su crudeza, igual que los rojos de las flores y los verdes de las palmeras. Caminaré por la Alhambra, de día, de noche. Y siendo el mismo lugar, estoy segura de que me parecerá distinto, y con un lenguaje diferente me hablarán sus fuentes y estanques, sus patios, sus paredes, sus estucados, sus jardines y sus salones.

Vuelvo a la ciudad del Sacromonte y, en realidad, es que como si nunca hubiera pasado por allí porque todo será nuevo, cada esquina por descubrir. Voy para recuperarla, para mirarla y admirarla, para atesorarla. Y al regresar, recordarla y añorarla.

Esta tarde, pues, yo vuelvo a Granada.

María del Carmen Polo