miércoles, 20 de julio de 2016

De vuelta de Cádiz

 
Los días pasados en Cádiz ya han quedado atrás. Nunca había tenido la oportunidad de visitar esta ciudad como lo he hecho en esta ocasión, aunque yo hubiera preferido que fuera en otras circunstancias, pero es lo que había y yo traté de aprovechar mi estancia allí lo mejor posible. 
 
 Catedral vista desde la muralla 



  Plaza de España. Donde me dejaba el autobús a diario.
 
Me encanta Cádiz, sus calles estrechas donde apenas toca el sol, el aire impregnado de sal, sus playas y su mar suave, cuando no sopla el levante. 
 
 La Caleta a las seis de la tarde

Creo que esos días fueron los mejores en cuanto a temperatura. Apenas hacía calor y apetecía pasear y acercarse hasta La Caleta o aventurarse por las placitas y calles más desiertas, más silenciosas pero con el mismo encanto que las más bulliciosas. 
 
 Tenía que bajar a La Caleta y tocar el agua. ¡Estaba caliente!

A veces dejaba el autobús en la Cádiz nueva, en la Avenida, y caminaba, junto al mar, hasta la Cádiz antigua. Cuánta paz da mirar el azul del Atlántico, y recrearse en el blanco de los pueblos en la lejanía, al otro lado de la bahía. Es cierto que mirar al mar tiene algo mágico. Uno puede pasarse horas enteras, sintiéndolo respirar.

 
 Vista de La Caleta, por la mañana

Enamorada de Cádiz he vuelto. De sus terrazas llenas de gente que desayunan tranquilas o toman el aperitivo, observando el mundo a su alrededor, de sus pequeñas tiendas, que pueblan todas aquellas callejitas donde la brisa se pasea a nuestro lado, reconfortándonos, de sus plazuelas florecidas, del ir y venir de un día cualquiera. 
 
  Muralla de Cádiz

Me gusta Cádiz. Sus playas largas hechas para un andar sereno, los barcos en el horizonte navegando sin rumbo fijo y las gaviotas posadas sobre las barandillas de los muros, esas murallas que contienen las embestidas de un océano de humor cambiante, según le sople el viento. 

Preciosa Cádiz. 
La Tacita de Plata.