lunes 29 de junio de 2009

Hablemos de la Luna, me pides...

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Quieres que hablemos de la luna, esa luna que nos mira, fría, desde su brillante indiferencia.

Pero es que me gusta la luna... –dices.

Y yo te entiendo. Y te dejo hablar de ella, por supuesto.

Pero entiéndeme tú a mí.

Hoy soy yo la que quiere contar.

Así, que, por favor, déjame hablar de esas pequeñas cosas a las que apenas prestamos atención.

Porque yo te querría hablar de los pestiños dorados, rezumantes de miel, que mi madre me compraba en aquella calle de Motril que olía a pescado y a claveles. Calle atestada de gitanos exponiendo en sus cestas de mimbre los higos chumbos maduros y los trozos de caña de azúcar; de cómo la dulce masa se deshacía en mi boca y mis dedos quedaban pegajosos y llenos de pringue.

Quiero contarte sobre la rosa que, olvidada -¿quién me la regaló?-, quedó, reseca y descolorida, entre las hojas de aquel libro que leí una vez y nunca más hojeé, o sobre las tijeras que mi abuela me legó, como quien entrega una parte de sí misma, cuando yo tenía catorce, al despedirse de mí para volver a Granada. Tijeras menudas que después de toda una vida a su lado y bastantes años de permanecer junto al mío, aún continúan ejerciendo su función sin decaer y sin rendirse.

Podría hablarte de aquel hombre fuerte, de pelo negro y recio que de pie, en su carreta tirada por dos caballos, con las piernas abiertas, yo veía pasar, cada día, junto al patio de aquel colegio segoviano, en Nava de la Asunción, poblando mis noches adolescentes de fantasías eróticas.


Yo quiero hablarte de las judías verdes, los tomates rojos, las vainas suaves de las habas y los pimientos brillantes como el cristal que mi padre cultivaba, en aquel terreno estrecho detrás del cuartel, huerto improvisado, situado entre la playa y el monte, bajo el luminoso cielo de Cádiz; y el placer que experimentaban mis manos al arrancar una lechuga tierna y jugosa y triturar las hojas con mis dientes menudos, sintiendo cómo se deshacían en mi lengua, llenándomela de agua.

Te puedo hablar de acuarelas y pinceles, de trigales y de eras, de tormentas y de incendios, de perros y de ríos, de barcas bañadas de sal y redes apestando a podrido esperando a ser reparadas, de faros y de barcos entrando a puerto, de estaciones abandonadas y de trenes que transportan hasta otros mundos, de pinares silenciosos y del desierto encendido con la luz del atardecer...


Te puedo hablar de todas esas nimiedades. Y de muchas más.

Hagamos un pacto... te hablaré de lo simple, de lo cotidiano, de lo que apenas tiene importancia. Yo te hablaré de todo lo que me rodea en la Tierra.

La Luna...

... la Luna es tuya.

María del Carmen Polo

sábado 27 de junio de 2009

¿Qué estará pensando el gallo?

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Tengo la ventana abierta y hasta aquí, donde estoy tecleando -que no escribiendo, porque voy a ser honesta y debo distinguir entre lo que tiene 'sustancia' de lo que es mera tontería... con lo cual... oh, là, là... me estoy dando cuenta de que en mis blogs no dejo nada más que... chorradas. Vaya... qué hermosa revelación...-, me llega el cacareo desaforado del gallo de uno de mis vecinos que habita, junto a alguna que otra gallina -el gallo, no el vecino-, en un gallinero redondo, rodeado de malla, para que no se escapen -tipo pajarera, ya me entienden...- con una cúpula preciosa, toda engarzada de piedrecitas de colores que brilla como las cúpulas de las mezquitas turcas.

No sé si el pobre gallo está esfadadísimo, a juzgar por la contundencia y el tono subido de su verborrea cacareril, o es que se está desplumando de risa por algún chiste que le haya contado alguna de sus vecinas de apartamento, léase pajarera o gallinero.

Tiendo a inclinarme más por lo primero que por lo segundo, porque a ver... ¿qué pinta, en un chalet, un gallo con unas gallinas, en una pajarera de lujo, al lado de una piscina? Y me ha salido hasta con rima y todo, fíjense. El gallo, con razón, tiene que estar hasta los mismos espolones de dar vueltas en un palmo, y de no poder picotear arriba y abajo, buscando granitos, bichitos, gusanos... por su casa natural que es el campo, o en su defecto un hermoso gallinero donde nadie se estorbe y él pueda mangonear a su antojo.

A mi me parece una incongruencia tener un gallo de esta manera. Me enternece, claro, porque al escucharle me recuerda mi infancia, la casa de mis abuelos, en Nueva Carteya, donde salías al patio y daba gloria ver los polluelos, el gallo, las gallinas, alguna de las cuales siempre acababa desplumada en la cocina y más tarde en el puchero. A quien no debe enternecerle en absoluto, tan dicharachero emplumado, es a los vecinos, cuando la simpática avecilla se pone a cantar diana a las cinco de la mañana -vaya, otra vez una rima que dejo. Hoy, además de feliz, estoy inspirada a la hora de escribir... o lo que quiera que sea esto.

Por tanto, yo creo que el gallo vocinglero está frustrado, agotado, cansado, estresado, cabreado... y todos los ados más que quieran adjudicarle. Entiendo que se tenga amor al terruño, pero... ¿intentar reproducir el sabor del pueblo en una gran ciudad? No sé los demás, pero yo, la verdad... no lo veo.

Y hablando de amor a la tierra, de nuevo -y será ya el tercer año- he recibido la invitación de la Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Nueva Carteya (Córdoba), para que participe, con un relato, en la revista de la feria de agosto. A mi me encanta enviar mis escritos a esa revista porque me leen mis titas, mis primos, las amigas, los vecinos de mis titas y de mis primos... y una gran parte de los carteyanos, que no me conocen pero a los cuales mi nombre les suena y saben a qué familia pertenezco. Así, pues, un feria más, mis escritos se difundirán por ese pueblo querido que es Nueva Carteya.

Es algo modesto, pero aún así no deja de ser importante para mí. ¿Verdad que es una buena noticia?
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María del Carmen Polo

martes 16 de junio de 2009

El Conejo y el Burro

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Un conejo observaba todos los días al borriquillo de la tía Lorenza, el cual daba vueltas y más vueltas, sacando agua para regar la huerta. El animal hacía círculos desde el amanecer hasta el anochecer, sumisamente, sin desfallecer.

Al conejo le admiraba que aquel burro pudiera pasar, jornada tras jornada, dibujando redondeles sin quejarse ni protestarle a su ama.



-Amigo, le dijo don conejo al asnillo una atardecida, ¿es que nunca has soñado con tener otra vida?

-¿Qué otra vida podría llevar? La ama me da el agua y la comida, tengo una cuadra para descansar y recibo el regalo del sol, ¿qué más puedo desear?

-Pues... recorrer sin límite los caminos, jugar y refrescarte en el río, llegar hasta las colinas que en primavera se cubren de flores y son una gloria. La vida es mucho más que sacar agua y estar atado a esa noria.



-No dudo de tus razones, ni de tus buenos consejos, amigo, contestó nuestro pacífico burro, pero dime, ¿tu has transitado por muchos caminos?

-No, no, que suelen ser lugar de paso de labradores, rufianes, mendigos...

-¿Y te has bañado y jugado en muchos ríos?

-No, tampoco, está demasiado lejos y a mí el agua me da un frío...

-¿Has alcanzado las colinas cubiertas por bosques de robles?

-Ni hablar, ni pensarlo, hay por allí demasiados cazadores...

-Entonces, compadre conejo, replicó el asno, mosqueado, mientras se espantaba los tábanos del trasero con el rabo, al final tu recorrido puede que sea un poco más amplio que el mío, pero si te das cuenta, yo doy vueltas a la noria y tú vas y vienes desde las encinas de Juanón a la huerta de Lorenza, donde crecen las lechugas, las berzas y las zanahorias.

Y el conejo se marchó a dar un paseillo por la huerta, y dejó a nuestro burro mordiendo una brizna de hierba, mientras terminaba y empezaba otra vuelta, y otra vuelta, y otra vuelta...

María del Carmen Polo

sábado 13 de junio de 2009

Le Doux Parfum du Savon de Toilette

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Si nos ponemos a pesar, siempre hay pequeñas cosas, cotidianas, que están a nuestro alrededor y en las que apenas reparamos, que nos hacen felices. Para mi, una de ellas, es el jabón de tocador. Cuando voy a la compra me gusta pasarme por la sección de perfumería y mirar las envolturas de los jabones, olerlos, y comprar alguno que luego se mezclará con mi piel, mientras emite su perfume llenándome de bienestar.



Cuando llego a un hotel, lo primero que miro es el baño porque me encanta ver junto al lavabo un cestito lleno de jabones, geles, champús... La pena es que poco a poco lo están sustituyendo por el gel y el champú de garrafón, que es más barato. Cumple su función de limpieza, sí, pero tiene menos glamour.



Hoy día han proliferado las tiendas de jabones de tocador. Pasas por su puerta, aspiras sus vapores, que huelen a rosas, chocolate, violetas, coco, vainilla... y es difícil controlarse y no entrar a comprar aunque sea un pedacito minúsculo, que no es barato precisamente. Por otro lado es lógico. Quien quiera lujos que los pague, que para andar por casa ya tenemos lotes de tres pastillas a un euro, o muy poco más.



Cuando viajo siempre procuro comprar alguna pastilla de jabón. La primera vez que compré jabón de tocador, del bueno, fue cuando tenía 17 años y fuimos de excursión a Palma de Mallorca, de viaje de fin de curso. Allí, en El Arenal, compré una pastilla de jabón de almendras. Pasó el tiempo y la pastilla seguía intacta. Yo sólo la aspiraba, la acariciaba, y al tenerla en la mano recordaba aquellos maravillosos días recorriendo la isla con mis compañeros y amigas del instituto de Coca. Hasta que un día, muchos años después, decidí que ya era el momento de usarla. Y que si quería otra, o bien me iba de nuevo a Palma, o simplemente buscaba en las perfumerías cercanas.



En Úbeda hay unos jabones hechos con aceite de oliva que son una maravilla. Te dejan la piel como la seda. Y cerca de casa tengo tiendas especializadas en jabones de todo tipo que son una delicia. La semana próxima, que vamos de fin de semana a Teruel, también compraré jabón. Es mi pequeño homenaje a mí misma. Y no digamos cuando vaya a la Provenza, en el mes de agosto.



No puede haber mayor gozo que llegar a esos puestos de carretera franceses, coloristas, alegres, veraniegos, donde hay una variedad tan enorme de jabones que no sabes cuál escoger.

Elegiré lavanda, que me transporta a sus campos teñidos de malva y a las calles limpias de los pueblecitos, con sus puertas adornadas de flores. Y cuando llegue a Marrakech, en noviembre, buscaré los pequeños jabones en los zocos, dulces pastillas que quizá tengan un olor picante de especias, un aroma a esa otra manera de mirar la vida, con su misterio y su aventura.




Mi madre guarda pastillas de Heno de Pravia entre la ropa, en la cómoda, en el armario, y da gusto abrir los cajones. Es maravilloso oler a limpio y percibir el aroma del jabón.

Me gusta el jabón de tocador. Igual que le gusta a la mayoría de las mujeres, quiero creer. No sólo me limpia, sino que me hace sentir feliz.

Es algo que casi no tiene importancia. Cosas pequeñas. Sólo eso, pero que hacen que la existencia sea más hermosa.

María del Carmen Polo

viernes 12 de junio de 2009

Ese bolso que nos arrastra por la vida

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Se cuenta que Marilyn Monroe poseía 500 bolsos y que se pasaba las horas muertas probándoselos... Así, como lo leen.

Y yo me digo...

Vamos a ver, ¿es que esta mujer nunca se desprendió de ninguno, desde su más tierna infancia? ¿Sus admiradores se dedicaban a regalarle bolsos? ¿Se gastaba cantidades ingentes de dólares en aumentar su colección? ¿se los daban las casas de bolsos para que los luciera y les hiciera propaganda?

1953. Fotógrafo: Alfred Eisenstaedt

Bolso, handbag, purse, sac à main... se dice que es ese pequeño, o grande, complemento donde la mujer -y el hombre, pero fundamentalmente la mujer- suele llevar desde un inocente y dulce pintalabios hasta una sección completa de El Corte Inglés.

Se dice, igualmente, que es esa cosa odiosa donde es imposible encontrar algo cuando lo necesitas, por ejemplo, las llaves de casa mientras está sonando el teléfono...

¿Se pueden hacer una idea? ¡Quinientos! ¿Dónde se pueden guardar tantos bolsos? Desde luego, no en una casa como las nuestras pero sí en la de Marilyn... supongo.


Quinientos bolsos -imagino que con sus correspondientes pares de zapatos- es un agobio total. Al menos para mí. Vamos... es que no me cabe en la cabeza. Por todos los santos, si tengo cuatro y siempre llevo el mismo con tal de no andar moviendo los cachivaches que llevo dentro, ¿qué sería de mí si cada día tuviera que andar sacando y metiendo chorradas en los bolsos?



Al final, por pereza, terminaría o bien duplicando todo, lo cual es un horror - quinientas barras de labios, quinientos paquetes de pañuelos de papel, quinientos bolígrafos... teléfonos móviles, agendas, tapones para los oidos, monederos, gafas, tampones, compresas, pastillas para el dolor de cabeza...


... o bien haciendo lo que hago ahora cuando cambio de bolso... Uy, esta agenda no, total... si sólo va a ser un día... Uy, esta barra de labios también la dejo, y la cartera, que con llevarme el carnet de identidad y un pequeño monedero, ya tengo bastante... Uy, las llaves del despacho y el pendrive ni los toco, pa qué, ni los pañuelito limpia-gafas, total, no creo que los necesite, y si los necesito me aguanto...



Al final me dejo un tercio de las cosas en un bolso, otro tercio en otro... y así con los demás. ¿Qué pasa, entonces? Pues lo normal... que hay cosas que nunca vuelven al bolso-de-mayor-uso, y se quedan olvidadas dentro de los bolsos-que-apenas-se-usan-porque-soy-una-vaga-de-narices-y-me-repatea-andar-cambiando-de-nuevo-al-bolso-donde-deben-estar.



Y un día te dices... mira qué bien, hoy voy a lucir este bolso verde tan mono que me trajeron de Dublín..., y lo abres y... ¡oh, sorpresa!, buceas en él y resulta que ahí está la tarjeta de Caja Madrid que creías perdida, una carta que tenías que echar al buzón y que se te olvidó, una llave que ya no sabes qué abre...



Y eso que son sólo cuatro bolsos. Si tuviera quinientos, madre del amor hermoso, ¿qué tesoros no encontrarían mis descendientes cuando yo muriera y se dedicaran a cotillear su contenido?

Me encantan los bolsos pero les aseguro que tengo cuatro y me sobran tres. Marilyn -y muchas otras estrellas- tenía quinientos.

Quinientos bolsos... Por favor, ¡qué pereza...!

María del Carmen Polo

sábado 6 de junio de 2009

Infancias Desvalidas

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1937. Fotógrafo: Margaret Bourke-White


Hay niños en el mundo que son abandonados al nacer o a muy corta edad. Viven hacinados en orfanatos, en casas de caridad, aprendiendo lo dura que es la vida antes de comenzar a hablar, o a caminar.

Les quitamos su derecho a crecer sin preocupaciones.

1949. Fotógrafo: Mark Kauffman


Hay lugares donde los niños son simple mano de obra para sus familias. Trabajan tantas horas como los adultos y son tratados con dureza si no rinden lo que se espera de ellos.

Les robamos su derecho a jugar.

1931. Fotógrafo: Margaret Bourke-White


Muchos niños nunca asistirán a la escuela. Jamás aprenderán a leer o a escribir, impidiéndoseles, con ello, que tengan una vida mejor que la que han tenido o tienen sus padres.

Les escamoteamos su derecho a aprender.

1947. Fotógrafo: Dmitri Kessel


Existen lugares en este mundo donde los niños vagan solos, sin nadie que vele por ellos. No reciben cariño ni amistad y viven con el temor a una muerte que les acecha en cualquier esquina.

Les arrebatamos su derecho a soñar.

1940. Fotógrafo: Carl Mydans


Hay niños que no poseen ni siquiera una casa donde guarecerse del viento y la lluvia. A veces la tienen pero sus muros son de papel, su techo está lleno de agujeros y está rodeada de tristeza y miseria.

Les quitamos su derecho a dormir tranquilos.

1939. Fotógrafo: Carl Mydans


Hay niños en el mundo que tienen que mendigar su alimento. Otros mueren de sed, sus cuerpecitos deshidratados. Muchos comen desperdicios, con tal de tener algo en el estómago. Algunos, incluso hierbas o tierra.

Les arrebatamos el derecho a su salud.

1936. Greenland


Hay niños tremendamente infelices, que no conocen nada mas que la desgracia, los días grises, el llanto y el desprecio.

Les negamos su derecho a una infancia feliz.

Grecia. 1944. Fotógrafo: Dmitri Kessel


Porque hay niños que vivirán siempre con miedo y angustia, sintiéndose desamparados y sin tener a alguien a su lado que se detenga a escucharlos.

Les negamos el derecho a tener confianza en la vida.

Grecia. 1944. Fotógrafo: Dmitri Kessel


Hay pequeños que llevan en su mirada toda la resignación, todo el desvalimiento, un sufrimiento que no comprenden, como si el mundo descargara su ira contra ellos, por las cosas terribles que le suceden.

Les negamos su derecho a tener un horizonte claro.

Grecia. 1944. Fotógrafo: Dmitri Kessel


Hoy quería volver mi vista hacia todos esos niños, en todo el mundo, y de todos los tiempos, que sólo reciben o han recibido malos tratos, vejaciones, palizas, desconsideración, amargura, amenazas y olvido.

Porque les han quitado, porque les quitamos, su derecho a ser amados, tenidos en cuenta, abrazados, protegidos y guiados con justicia hacia su adultez.

Una infancia feliz, reclamo para todos los niños del mundo. Una infancia dichosa, como la que yo tuve.

Porque es lo que debe ser, lo que tiene que ser, aunque aún estemos lejos de conseguirlo.

María del Carmen Polo

viernes 5 de junio de 2009

Montar en Bicicleta

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Si fuera posible volver atrás en el tiempo, aprendería, entre otras cosas, a montar en bicicleta. Es algo de lo que me arrepentiré toda la vida. Mis hermanos aprendieron. Yo no.


Bicicleta en Copenhague. Viaje a Dinamarca. 2007

Cierto que cuando llegó la bici a mi casa yo ya había cumplido 16 y tenía la mirada, y la mente, puesta en otras cosas. Mis hermanos, más pequeños, aprendieron sin dificultad. No pensé que algún día lo echaría de menos. Tampoco cada niño tenía su bicicleta. En muchas casas no encontrabas ninguna. Mis amigas no montaban en bicicleta. Pensándolo bien, no podría decir si alguna de ellas había aprendido siendo niña porque no recuerdo haberlas visto nunca subida a una.

Pero hoy me arrepiento, ¡ay, cómo me arrepiento! Me encantaría salir a pasear, en las mañanitas frescas, cuando no hay nadie por los caminos y estos están a mi entera disposición. O cuando voy de vacaciones por esos pueblecitos europeos, donde todo el mundo tiene su propia bicicleta y la maneja como si hubieran nacido con ella puesta. Pedalear entre viñedos, por carreterillas solitarias bordeadas de árboles con sombras acariciadoras, deslizarse entre campos cubiertos de girasoles, hacer kilómetros yendo paralelos al río o disfrutar de las tibias tardes siguiendo el rastro del sol entre los olivares. El lugar no importa mucho, lo que importa es sentir que una recorre las sendas con el cabello al viento y un brillo alegre en el corazón.

Nunca aprendí a montar en bicicleta y ya es tarde. Soy demasiado cobarde y ni lo intentaría siquiera. Es mayor el miedo al batacazo que el placer que sentiría cuando pudiera ir con ella libremente a cualquier parte. Pero si fuera posible retornar al pasado... allá, en Coca, igual que aprendieron mis hermanos, yo también aprendería a montar en bicicleta. Y los pinares serían los primeros en alegrarse con mis logros y sentir mi presencia.

María del Carmen Polo

martes 2 de junio de 2009

Todo en un Instante

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Atrapar unos segundos...

Qué difícil es apresar ese instante que ha sido mágico y, sin embargo, se nos ha quedado pegado a la piel como un bálsamo perfumado.


Foto: Mari Carmen

Es casi imposible devolver la fragancia de azahar al momento en que se abre la ventana y una bocanada de aire tibio nos inunda los pulmones. Pero aquí está, siempre que lo deseo. Huele a jazmines frescos, a rosas que se ofrecen sin pedir nada a cambio, a cáscara de limón, a canela en rama...

Huele a gloria la mañana.

Callejitas silenciosas, celosías en las ventanas y los tiestos que las adornan se llenan con brotes tiernos de albahaca.

La aurora ya se bañó en el río y brilla, esplendorosa, mientras un Guadalquivir enamorado le canta bajito por bulerías...

Ay, morenita, gitana, que es tu pecho mi refugio y tus ojos mis agonía...
Ay, morenita, gitana, son tus besos mi tormento, sin tu amor yo soy un ciego, eres la luz que me guía...

Golondrinas de campanario buscan refugio entre las ramas frondosas del patio de los Naranjos.
El muecín llama, eternamente, a la oración en la mezquita vecina y su eco me lo trae el agua que vierten las fuentes, susurrante y cristalina.

El sol derrama su aliento sobre los tejados somnolientos del barrio de la Judería.

Retener unos minutos.

Qué difícil, qué delicado guardar un instante...

... un momento, una emoción que se expandió a mi alrededor y se me quedó grabada en el alma por su embrujo y su alegría.

María del Carmen Polo