Pero es que me gusta la luna... –dices.
Y yo te entiendo. Y te dejo hablar de ella, por supuesto.
Pero entiéndeme tú a mí.
Hoy soy yo la que quiere contar.
Así, que, por favor, déjame hablar de esas pequeñas cosas a las que apenas prestamos atención.
Porque yo te querría hablar de los pestiños dorados, rezumantes de miel, que mi madre me compraba en aquella calle de Motril que olía a pescado y a claveles. Calle atestada de gitanos exponiendo en sus cestas de mimbre los higos chumbos maduros y los trozos de caña de azúcar; de cómo la dulce masa se deshacía en mi boca y mis dedos quedaban pegajosos y llenos de pringue.
Quiero contarte sobre la rosa que, olvidada -¿quién me la regaló?-, quedó, reseca y descolorida, entre las hojas de aquel libro que leí una vez y nunca más hojeé, o sobre las tijeras que mi abuela me legó, como quien entrega una parte de sí misma, cuando yo tenía catorce, al despedirse de mí para volver a Granada. Tijeras menudas que después de toda una vida a su lado y bastantes años de permanecer junto al mío, aún continúan ejerciendo su función sin decaer y sin rendirse.
Podría hablarte de aquel hombre fuerte, de pelo negro y recio que de pie, en su carreta tirada por dos caballos, con las piernas abiertas, yo veía pasar, cada día, junto al patio de aquel colegio segoviano, en Nava de la Asunción, poblando mis noches adolescentes de fantasías eróticas.
Yo quiero hablarte de las judías verdes, los tomates rojos, las vainas suaves de las habas y los pimientos brillantes como el cristal que mi padre cultivaba, en aquel terreno estrecho detrás del cuartel, huerto improvisado, situado entre la playa y el monte, bajo el luminoso cielo de Cádiz; y el placer que experimentaban mis manos al arrancar una lechuga tierna y jugosa y triturar las hojas con mis dientes menudos, sintiendo cómo se deshacían en mi lengua, llenándomela de agua.
Te puedo hablar de acuarelas y pinceles, de trigales y de eras, de tormentas y de incendios, de perros y de ríos, de barcas bañadas de sal y redes apestando a podrido esperando a ser reparadas, de faros y de barcos entrando a puerto, de estaciones abandonadas y de trenes que transportan hasta otros mundos, de pinares silenciosos y del desierto encendido con la luz del atardecer...
Te puedo hablar de todas esas nimiedades. Y de muchas más.
Hagamos un pacto... te hablaré de lo simple, de lo cotidiano, de lo que apenas tiene importancia. Yo te hablaré de todo lo que me rodea en la Tierra.
La Luna...
... la Luna es tuya.


































