viernes 31 de julio de 2009

Verano de Algodón

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Me encantan los vestidos de algodón blanco. Suaves. Dulces. Vaporosos.
Son adorables.

1952. Fotógrafo: Robert W Kelley
Lo saco a colación porque esta mañana, en esa pasarela increíble que es el metro, he visto a una chica llevando un vestido blanco, largo, bordado, precioso. Tipo ibicenco. Yo tengo faldas y camisas de tirantes, con la pechera bordada, también de algodón. En la etiqueta pone made in India, como en la mayoría de etiquetas de la ropa veraniega que uso. Es que son una maravilla. Los lavas, los tiendes y antes de que hayas terminado de ponerle las pinzas ya los tienes secos. Me gusta sobre todo el tacto que tienen. Y su gracia al moverse con la más leve brizna de brisa. Me gusta. Me gusta mucho el algodón en mis vestidos y blusas de verano. Al ponérmelos me da la sensación de frescor, de limpieza, de libertad. Es como llevar encima de tu piel otra tejida con nieve. Alguna vez, al volver a Andalucía, hemos pasado por campos de algodón. Es precioso ver el terreno salpicado de copos blancos brillando bajo el sol.

1954. Fotógrafo: Lisa Larsen
El día 2 y 3 de agosto, aunque no es exactamente el día de mi cumpleaños - será el día 8- voy a celebrarlo como si lo fuera, con mi familia (el 2) y el grupo de fotografía (el 3). El problema de cumplir años en agosto es que, en general, estás en tus días de descanso, fuera de casa. Y los demás también. Eso conlleva que nadie se acuerda de esta fecha, a menos que se haya puesto una alarma en el móvil, o en el calendario, y ya sabemos que los calendarios, estando de vacaciones, ni se miran.

Aunque nadie se suele acordar de mí en este día, excepto mi familia más cercana, este año, no obstante será diferente. Este año, además de familiares - en fin... no todos, pero alguno sí - sé que recibiré algunos mensajitos de mi grupo de fotografía. Por eso quiero reunirme con ellos el único día que todos pueden, el día 3. No habrá tarta, porque lo vamos a celebrar en los jardines de un bar-restaurante, con unas cervezas bien frías, muchas risas y buena charla, de modo que si alguién quiere sumarse a la fiesta, están todos invitados.

María del Carmen Polo

miércoles 22 de julio de 2009

Mis Trenzas


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Érase una niña pegada a unas trenzas...

Así podría comenzar el cuento de mi vida. Trenzas a los seis años. Trenzas a los ocho. Trenzas a los once. Y trenzas a los trece. Trenzas apretaditas de mañana recién estrenada. Trenzas flojas de correrías y risas arreboladas. Trenzas de nubes viajeras y de lunas escarchadas. Trenzas con olor a jazmín y hierbabuena. Trenzas, trenzas, trenzas...

Fotógrafo: Nina Leen. 1956
Comencé el instituto peinando trenzas y ellas flotaban en mi cabeza como las moscas sobre la miel: libres, persistentes y alborotadas. Cada día, hacer y deshacer. Tirones, a pesar de tener el cabello recogido, y ondulaciones como de contorno de cerros lejanos, a fuerza de flexionar un pelo de seda que no necesitaba ser doblegado. Creo que llegué a compararlas con las ristras de ajos que pendían, desafiantes, de una viga, en la cocina de mi abuela Eladia. Trenzas sin lazos, que el raso era objeto de lujo y no estaba el monedero para desvaríos ni gustos extravagantes.

Cumplí mis trece agostos un día ocho de un año que marcó a mi cuerpo de forma diferente, y las trenzas seguían jugueteando con mi espalda, encaramadas a mis hombros, oteando un horizonte de trigo y pinar, de alegrías profundas como el verde de los olivares de Nueva Carteya o el azul del mar de mi Motril añorado. Ellas seguían balanceándose sobre mis deseos y un mundo que se abría, como una granada, entre mis manos de princesa sin carroza ni traje de fiesta. Ni príncipe que invitara al baile. Imposible imaginar qué aspecto tendría sin ellas. Las trenzas, pensaba yo, iba a acompañarme para el resto de mis desvelos, de cada uno de mis sueños y más allá de todas mis vidas.

Mas todo camino, en algún momento, tiene que partirse en dos, y en mi senda de trenzas sin fin llegaron los catorce, esos catorce que yo desplegué a mi alrededor, en el colegio de Nava de la Asunción, como las mariposas expanden sus alas. Junto a ellos, junto a mis catorce, llegó un tren que olía a cansancio, sudor y adioses, el cual me dejaría en la estación de Segovia, temblando, asustada, porque aunque yo sabía que el mundo era grande, y harta estaba de descubrirlo, nunca me había sucedido que fuera yo, sin más compañía que mi sombra y mi respiración, la que tuviera que recorrerlo. No obstante olvidaba que junto a mí estaba mi trenza, gruesa, negra, brillante. Ella me acompañaba, dándome ánimos. Y una maleta triste y desvaída, también.

Lejos estaba ella -y yo- de sospechar que mis días de trenzas huérfanas de lazo tocaban a su fin. Aquella estación que mi miedo encontró hostil y descolorida, se llenó de sentido y luz cuando vi a mi madre aparecer por la puerta. Perdona, nos hemos retrasado...

Después me llevaron, ella y otra señora que la acompañaba, al corazón de Segovia. La catedral me miró con sobresalto, o quizá fui yo la que la miró con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Aquella mole impresionante, mitad historia y mitad piedra eterna, que yo encaraba por primera vez, posiblemente sabía que ese día sería crucial en mi existencia, porque en una peluquería cercana, mi madre le pidió a la peluquera que me cortara las trenzas.

1950. Fotógrafo: Yale Joel

Cuando salí de aquel salón de tijeras feroces y secadores airosos, la niña que yo había sido quedó olvidada, para siempre, entre los pliegues de mis faldas de tablas y los calcetines largos, que nunca más me puse. Mi infancia me dijo adiós desde las briznas deshilachadas de mis trenzas, que yacían esparcidas alrededor del sillón donde yo estaba, expectante, presenciando mi transformación. Tal como observábamos, maravillados, siendo pequeños, como los capullos que guardábamos en las cajas de zapatos se abrían, dando paso a mariposas blancas y regordetas.

Mi melena ondeaba al sol de la tarde con el mismo brío que la bandera en ese barco que hace camino en la mar, y yo sentía en mis pechos menudos y en mi cintura breve que había crecido de golpe un manojo de ambiciones, varios cargamentos de proyectos y alguna que otra quimera. Todo eso, por lo menos.

María del Carmen Polo

viernes 17 de julio de 2009

La Vida y la Muerte

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Hacía mucho tiempo que no leía un libro en unas cuantas horas, en un sólo día. La primera vez que lo hice fue hace años, estando de vacaciones en Sanjenjo, en Pontevedra. Allí, en una librería de una gran superficie, compré La Lluvia Amarilla, de Julio Llamazares, y me lo leí de una sentada. Casi sin respirar.

1949. Fotógrafo: Nina Leen

Hoy he vuelto a hacer algo similar, sólo que esta vez la lectura del libro ha comenzado por la mañana en el tren, camino de mi trabajo, ha continuado en el metro y en el autobús -y ahora que están remodelando la línea 6 de metro, es un mareo tremendo porque tengo que ir hasta Moncloa y allí tomar el autobús 82, que me deja al lado de la Escuela, después de dar un montón de vueltas y, lo más importante, hacerme perder casi media hora más, en comparación con el tiempo invertido con anterioridad. Aunque yo suelo aprovecharlo bien: leyendo- he sobrepasado la mitad del libro a mi vuelta a casa y, finalmente, lo he concluído después de comer. Total, 200 páginas.

El libro se titula El Vestido Azul, de la escritora alemana Doris Dörrie. Con la fatalidad -la muerte- como fondo, el libro nos muestra la vida y los sentimientos de una joven, que pierde a su marido estando de vacaciones, en la isla de Bali, y la de un joven homosexual y diseñador de moda que, igualmente, pierde a su pareja, víctima de un cáncer. Ambos se encuentran gracias a un vestido azul que ella compró, ellos diseñaron y que la pareja de él le vendió a la mujer en su tienda. A partir de aquí... pues a partir de aquí el libro se lee de un tirón. Tal como he hecho yo.

1940. Fotógrafo: Gjon Mili

Hace dos semanas he comenzado a ir de nuevo a la Biblioteca Municipal que tengo cerca de casa. He leído ya tres libros magníficos. Hoy devolveré dos más, y me queda otro, que llevo a medias. Hacía mucho tiempo que no iba a la Biblioteca, entre otras cosas porque sigo comprando libros y tengo algunos en casa que aún no he leído. Lo haré. Pero ahora me apetece tomar prestados libros de aquel santuario. Las horas, camino del trabajo, se pasan en un suspiro, y deseando estoy de que lleguen las dos de la tarde para cerrar la puerta, decir adiós hasta el día siguiente y, subida en el metro, en el tren, sumergirme en la apasionante lectura de un buen libro.

Si no existieran los libros... ¿qué sería de nosotros? Mejor dicho... ¿qué sería de mí?

María del Carmen Polo

sábado 4 de julio de 2009

Esos Remordimientos que nos Acompañan

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Creo que tenía diez, quizá once años. Ocurrió durante una de esas temporadas -posiblemente en el mes de mayo- que yo pasaba en Motril, con mis tíos y mi abuela materna. Fueron varias las ocasiones en las que me quedé con ellos, en su casa del Puerto, y si bien al principio echaba de menos a mis padres y a mis hermanos, sintiéndome tan desgraciada como un perrillo abandonado, conforme pasaban los días el sentimiento de pérdida se iba diluyendo en el agua salada que bañaba la playa de las Azucenas; se mezclaba con la arenilla húmeda, llena de caracolillos y conchas; se fundía con los cañaverales y las tablas carcomidas de las barquillas que ya no faenaban más; hasta desaparecer por completo.

1950. Fotógrafo: W. Eugene Smith

La sensación de angustia daba paso a la más rutilante alegría y eran tan intensos los olores, los sabores, los colores, los sonidos... que se quedaron pegados a mi piel y nunca más me han abandonado. Olor a redes puestas a secar, apestando a pescado podrido, a mar, a caña de azúcar, a vega repleta de flores, a alquitrán. Sabor a higos chumbos, a boquerones fritos, a sardinas y pulpo asado, a migas. El color azul intenso del mar, el verde de los campos de caña, el rojo de las buganvillas y el blanco cremoso de la madreselva. El sonido potente de la sirena de los grandes barcos, saliendo por la bocana del puerto; el runrun del motor de los pesqueros, cuando atracaban; el leve siseo de la arena mientras mis pies se hundían en ella...

Debió ser en mayo, porque era cuando los niños hacían la primera comunión. En la procesión varios adultos llevaban una imagen de Dios Niño. A su alrededor, el cura, los monaguillos, y varios niños y niñas vestiditos de blanco. Las cabezas de las nenas se adornaban de un simple velo corto.

Yo iba vestida de organdí, blanco también, aunque mi primera comunión ya la había tomado a los siete años. Era, pues, una veterana a mis diez, quizá once años. No sé por qué extraña casualidad, mi abuela -tuvo que ser mi abuela, ¿quién si no?- me había comprado un polo, pequeño, con más hielo que otra cosa, pero era un polo, algo muy raro de alcanzar en aquellos días donde se vivía con lo justo. Yo no lo sabía entonces pero, ahora lo sé, éramos tan pobretones como el resto de las familias que me rodeaban, en aquel Puerto de Motril humilde y marinero. Había dinero para migas, para unos garbanzos, para no pasar hambre, pero no había dinero para caprichos como helados o polos, por eso, cuando te compraban uno, era realmente una fiesta.

A mí me habían comprado un polo e iba chupándolo, limpia y orgullosa, detrás del Dios Niño, en la procesión. A un lado de la calle, en lo que debería haber sido una acera y sólo era más tierra, una niña, más o menos de mi edad, sucia, desaliñada, con el pelo revuelto y seguramente lleno de piojos, mirando con una ansia infinita al polo que yo sujetaba entre mis dedos, me dijo... ¿me lo das?

¿Me lo das?
A ver... Vamos a ver... Cómo que... me lo das...


Yo me quedé mirando, perpleja, a aquella niña con sus churretes y su pelo desgreñado y le contesté, titubeando... te dejo que lo chupes... Y la nena le dió varios chupetones y después, impaciente, yo seguí mi camino en la fila, en la procesión, comiéndome el resto de mi polo y... sintiéndome totalmente culpable.

Seguramente yo iba pensando, enrabietada... pero, ¿cómo se ha atrevido? ¿con qué derecho me ha pedido que le dé mi polo, cuando probablemente ya no volveré a probar otro en un montón de tiempo? No. No. No. No se puede pedir que les des un polo cuando uno no puede comprarlo a menudo. Es totalmente injusto...

1952. Fotógrafo: Dmitri Kessel

Aquella pobre niña -algo más pobre que yo, que al menos iba limpia a diario y no tenía piojos-, la que le dió algunos lametones a mi polo, desapareció de mi horizonte aquel mismo día, ya que nunca más volví a verla, pero la sensación de culpabilidad ha permanecido desde entonces ya que fui incapaz de desprenderme completamente de aquel bien tan preciado para mí, en aquellos momentos. El cura nos decía que había que ser generosos, que era mejor dar que recibir -claro, mira tú qué cachondo, como él seguramente sí que comía polos todos los días...-, pero creo que para una niña de diez, quizá once años, ese desinteresado dar puede que no fuera tan maravilloso como recibir. Más bien era algo de tontos.

Creo también que, sin saberlo, aquel día de procesión, caminando con los críos vestidos de blanco, detrás de un Dios Niño al que debía darle igual ocho que ochenta toda aquella pantomima, me di cuenta de cuán injusta es la vida. Comprendí que unos tienen polos -aunque sea muy de vez en cuando- y otros tienen que mendigarlos porque saben que un polo no es algo que pueda aparecer con certeza en su camino, ni de vez en cuando, ni nunca.

Mi sensación, siempre que recuerdo aquel momento, es de desasosiego. Me veo a mí misma, con carita de desamparo, mirando a la nena y al polo. Veo a la nena, con cara de reproche, mirándome a mi y al polo. Y siento mi dilema: ¿qué hago? ¿qué hago?

Yo hubiera querido tener poderes especiales y haber multiplicado el polo, por dos, o por doscientos, pero parece ser que, si hablamos de buenos cristianos, ese don sólo lo tenía Jesús, el del vino de las bodas de Canaán, el de los panes y los peces.

Yo, que no soy Jesús, hice lo único que podía hacer una niña de diez, quizá once años, que rara vez tenía acceso a un helado, y era decirle: mira, muchacha, no me fastidies, dale unas cuantas chupadas, y adiós muy buenas.

María del Carmen Polo