viernes, 18 de noviembre de 2016

Carta al Ratón Pérez







                            
La hija de una amiga está mudando los dientes. Está muy graciosa, con ese hueco en medio de su preciosa sonrisa, y recordé que hace unos años escribí una carta al Ratón Pérez. Creo que está bien que le quite un poco de polvo, que se ventile, que lleva demasiado tiempo en el estante del olvido. Espero que os divierta el cuento. Yo me lo pasé muy bien escribiéndolo. 

Estos días tengo más trabajo que horas el día. Es una pena, pero no me alcanza la mañana para todo lo que quiero hacer y la tarde se va en un suspiro porque las estoy dedicando a terminar un calendario para el 2017, pintado completamente por mí, que tengo que llevar a imprenta en menos de dos semanas. La Navidad está llamando a la puerta y los días vuelan. Os lo mostraré cuando amanezca el 2017.

Por eso la fotografia la tengo un poco relegada. Intentaré subir alguna que otra foto mañana, pero no prometo nada.

Buen fin de semana. 

...
                        
                               
Querido Ratón Pérez,

Es la primera vez que te escribo, aunque bien sabes que han sido muchas las ocasiones en las que te he hablado, ya fuera en susurros o con el pensamiento.

Recuerdo que entraste en mi vida, si no me falla la memoria, cuando tenía 6 años y se me cayó el colmillo derecho. ¿Qué no te acuerdas? Claro. ¿Cómo vas a acordarte? No te preocupes. Lo entiendo. Si lo que es un milagro es que me acuerde yo... Pero bueno, a lo que íbamos... Fue intentando partir una avellana, en la cocina de la tita Josefina, que me quedé con el diente en la mano. Yo me puse a llorar, pero la tita se puso muy contenta y mientras me limpiaba la sangre, los mocos y las lágrimas, me habló de ti.

-¡Mira qué bien! ¡Se te ha caído un diente de leche! Esta noche lo pones debajo de la almohada. El ratoncito Pérez te hará una visita y te traerá un regalito.

¡Anda la osa! ¡Qué mundo tan raro! Resulta que se te caía un diente y venía un roedor de mierda a traerte cosas... ¿Y si se te caía un dedo, un brazo o una pierna? ¿quién venía? La tita Josefina me contestó que no dijera tonterías. Y a ver... con la lógica en la mano... ¿es que acaso no es menos chorrada que se te caiga un diente y venga a visitarte un ratón?

La cuenta es que yo no sabía quién era aquel ratoncito Pérez - tampoco sabía que los dientes eran de leche, y aunque a escondidas exprimí el mío todo lo que pude, nada... de allí no salió ni una gota...-, pero ante la perspectiva del regalo y la insistencia de mi tita Josefina en decirme que en aquel hueco que ahora adornaba mi encía volvería a salir otro diente, me encontré mucho más reconfortado. Me sentí incluso alegre, fíjate, porque aquello era la repera: dientes y dientes que a lo largo de los años se me caerían y volverían a nacer, llenándome de obsequios la cama... La tita me sacó de mi error: sólo valía la primera vez.

Aquella noche me fui a la cama sin rechistar. Como si fuera día de Reyes. Ni siquiera repetí de las natillas, que es mi postre favorito. Mi madre me dio el dientecillo y yo lo puse debajo de la almohada. Ahora sólo tenía que dormirme - decía mamá - porque si no el ratón no aparecería.

No sé qué hora sería cuando me quedé dormido, porque todo mi afán era palpar el diente con la yema de los dedos, para comprobar que no había desaparecido, y mirar a mi alrededor, a ver si notaba algún movimiento extraño.

Nada. El diente seguía en su sitio y la habitación oscura y silenciosa.

Cuando a la mañana siguiente mi madre me despertó para ir a la escuela, levanté rápidamente la almohada y... allí me lo encontré. No, el diente no. Lo que me encontré fue un chupa chups, tres canicas de cristal coloreado y seis cromos del álbum de futbolistas que estaba coleccionando.

¡Qué feliz fui esa mañana al colegio! ¡Cuánta fe tenía en ti! Era tanta la que tenía que en la hora del recreo traté de arrancarme el otro colmillo, las paletas y tres dientes de abajo. Sin éxito. Para ello había buscado incluso la colaboración de Horacio, aquel bruto que se ponía en el último pupitre de la clase, y casi conseguimos completar la misión. La pena fue que tuvimos que abortarla, porque el muy bestia de Horacio se empeñó en darme con un cacho piedra en todos los morros y nos pilló Benito, el conserje, cuando ya tenía partido el labio de arriba y el de abajo iba por los mismos derroteros. Lo castigaron sin recreo una semana. De nada sirvió que yo dijera que él cumplía mis órdenes. No me creyeron.

No obstante, hubo una cosa que aquel día empañó mi gozo, molestándome bastante, y fue que a Gonzalo, el hijo del médico, también se le había caído un diente, pero a él le habías dejado un tren eléctrico, que, se mirase por donde se mirase, molaba mucho más que un pegajoso chupa chups, tres canicas cochambrosas y seis cromos, tres de los cuales ya tenía...

Como el tren de Gonzalo era grande, se lo dejaste debajo de la cama. Gonzalo se rió mucho cuando le conté lo que me habías traído a mí. Me llamó tonto de las narices y pobretón. Y como me calentó que fuera tan chulo, le di dos patadas en las espinillas y él replicó con un puñetazo que me dejó la nariz goteando sangre. Fue en aquellos instantes cuando comencé a entender qué era eso de “la lucha de clases...”

Entre los ocho y los diez años se me cayeron casi todos los demás. Yo, todavía ilusionado, seguía colocándolos debajo de la almohada - y al día siguiente aparecían en su lugar monedas, chicles, lápices de colores, tebeos, cuentos, un pez muerto (¿?)... - pero sinceramente, amigo, ya comenzaba a sentir una cierta desconfianza. Y es que según crecía, me hacía preguntas...

Vamos a ver - pensaba yo mientras me comía el bocadillo de chorizo y sentía bailar un premolar allá adentro - ¿cómo es posible que un jodío ratoncillo pueda con todas estas cosas que aparecen debajo de mi almohada? O el ratón es más grande que un conejo o aquí hay truco.

La pena es que nunca, por más que me esforzaba en quedarme despierto, conseguí verte llegar hasta mi cama. Eras listo, ¿eh, mamoncete?

También trataba de imaginar dónde guardarías todos aquellos dientes que tú te llevabas y qué hacías con ellos. Fantaseaba con montañas y montañas de caninos, incisivos, premolares, molares... Un lugar increíble todo cubierto de dientes...

Creo que lo supe una tarde, cuando el abuelo Manuel me dijo que tenía que ir al dentista porque le iban a poner un diente.

-¡Anda! - me dije - ¡Qué listo! De modo que eso es lo que hace el puto ratón: ¡tráfico de dientes! - en aquella época, por supuesto, yo no sabía qué era “traficar con dientes”, ni con ninguna otra cosa, pero mis meditaciones debieron desembocar en una idea parecida...- Está clarísimo... Él los recoge, nos deja a cambio unas baratijas, y se forra, el muy espabilao, vendiéndoselos a los dentistas...

Me disculparás, querido ratoncito Pérez, por aquellas reflexiones, pero era pequeño y mis luces no alumbraban más allá.

La verdad es que fueron años desconcertantes, época de descubrimientos, donde cada día llevaba aparejado un sinfin de aventuras... Por cierto, lo del pez muerto ya sé que fue la cachonda de mi hermana mayor, Elena, quien lo dejó mientras yo dormía plácidamente... En revancha, cuando ella cumplió dieciocho, estando de vacaciones en el pueblo, le metí unos cuantos cangrejos de río debajo de las sábanas que le pusieron el culo como un tomate... Todavía no me lo ha perdonado, la muy boba. Las hay rencorosas...

Desde aquel tiempo de ingenua felicidad ha llovido mucho, ratoncito Pérez. Con la edad, uno, más por obligación que por convicción, siguió creyendo en los Reyes, en el Amigo Invisible, en Papá Noël... Nunca he tenido muy claro, porque no te he visto, si realmente hay o no un ratoncito Pérez, pero por si sí, o por si no, a ver... tonto de las narices... ¿dónde has metido la dentura postiza que dejé la noche pasada en la mesilla que tengo al lado de la cama? Porque está bien que te la lleves, pero al menos, y aunque uno tenga ya setenta tacos, podías haberme dejado siquiera unas gominolas o unas pastillas para la tos, ¿no te parece, hijo de tu madre?

Tuyo afectísimo,

Luis

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