martes, 29 de noviembre de 2016

La cometa

.




Entre las ramas desnudas del castaño, la cometa - de rojo y verde sus alas, amarillo el pico - se estremecía con la suave caricia de la brisa matutina. Angustiada, desolada, sin recordar muy bien cómo había llegado hasta allí, con el miedo clavado en sus varillas, mantenía el equilibrio en su improvisado nido, sin moverse, por temor a caer y lastimarse.

Su corazón de seda temía, sobre todo, que el colérico viento la elevara y la condujera por cielos desconocidos, pues ella, todo hay que decirlo, no era cometa deseosa de aventuras por tierras extrañas, sino una cometa sencilla que gustaba de conocidos parques y jardines.

El niño, cogido de la mano de su madre, pasó junto al árbol un día, y otro, y otro también. Y uno más. La cometa seguía encaramada en su rama, recibiendo ahora un débil rayo de sol, después la lluvia menuda, o bien la visita de los pájaros.

Al quinto día, el muchacho, al pasar junto al árbol soltó la mano de la madre, se acercó al tronco, miró hacia arriba y con su dedo menudo, señalando a la cometa, preguntó...

- Mamá, cuando esté madura, ¿podré cogerla y llevármela a casa, por favor?


Mari Carmen

2 comentarios:

  1. Que tierno. Ojala que pronto la cometa pueda disfrutar de parques y jardines de la mano de ese niño.
    Un beso

    Lola

    ResponderEliminar