viernes, 25 de noviembre de 2016

La tormenta






La merienda había transcurrido bajo los árboles, sobre la tierra algo reseca y polvorienta. Por el mantel de cuadros correteaban hormigas buscando lo que quedaba: las migajas del pan, restos de tortilla, algún dulce mordisqueado... 

Los niños jugaban al escondite, chillaban persiguiéndose, abrazándose a los viejos y pacientes troncos. Los mayores simplemente disfrutábamos de la tarde. De vez en cuando señalábamos hacia las cuestas donde zigzagueaban los conejos, alertados por las carcajadas de los críos.

Las nubes comenzaron a arremolinarse sobre los montes caldeados por el sol de agosto... Va a llover... decíamos, hay que darse prisa... Y recogíamos con premura. Había que darse prisa, sí, porque en cuanto la tormenta descargaba, la senda se hacía intransitable, y no nos gustaba que el barro nos llegara hasta las cejas.

Cerca de las higueras nos parábamos, curiosos, por ver si las brevas ya estaban en sazón. Alargábamos la mano y las tomábamos con cuidado. Gloria daba ver aquella pulpa morado-rojiza mostrándose impúdica por las pequeñas aberturas de la fruta, las gotitas de miel sobre la piel verde oscura, las nervaduras que la adornaban...

... Va a llover... Y de nuevo eran las risas y el correr.

En el pueblo no se había despertado aún el olor del jazmín y de las damas de noche, pero quedaban los ecos del perfume de las rosas, los claveles y las azucenas. Algunas mujeres ya estarían regando sus portales, las macetas, sus jardincillos... Los gallos se hacían sentir desde muy lejos.

Cuatro gotas se nos estamparon sobre la frente y la desbandada se volvió jolgorio. Vamos, vamos, que nos mojamos... De los más pequeños había que tirar porque remoloneaban... Quiero coger margaritas, amapolas... No había tiempo para amapolas, ni para las margaritas de las cunetas, no había tiempo porque el rayo nos acechaba y el trueno nos encogía el corazón.

La tierra comenzó a exhalar su aroma dulzón de piel humedecida y la luz menguó tornándose del amarillo al gris. Aún quedaban varias curvas antes de llegar a las primeras casas del pueblo. A lo lejos caminaba algún labrador regresando a casa, parsimonioso, haciendo caso omiso del agua que no tardaría en caer sobre él, sobre todos nosotros. Sobre el mundo. Porque en ese momento aquel paisaje era el mundo entero. Nada podía haber más hermoso ni que nos importara más.

La lluvia nos alcanzó llegando al portalón del cortijo del señor Manolo. Los perros nos ladraron, furiosos. El viento nos levantaba las faldas y por las piernas comenzó a chorrear el agua. Agua cálida, dulce, que purificaba cuanto tocaba. En menos de dos minutos el pelo se nos había pegado a la cara y las blusas se transparentaban. Los olores del campo nos envolvían por completo.

A la entrada del pueblo los perros del señor Manolo seguían ladrando, aunque ya no podían olfatearnos. Le ladran al aguacero... Decíamos. Le ladran al aguacero, porque a nosotros ya nos conocen...

Alcanzamos la casa húmedos, refrescados, rientes. Los nenes corrieron al patio a quitarse las sandalias llenas de lodo. Nada más entrar en el zaguán la recia lluvia se volvió mansa llovizna hasta desaparecer del todo momentos después. La tormenta ya había pasado, estrepitosa, fugaz, como solía ser en las tardes de estío.

Regueros de agua limpiaban las calles de tristezas y de malos augurios. Coronando los montes, entre los olivos, apareció el arco iris coloreando aquel pequeño mundo.

Los jazmines, ya despiertos, comenzaban su agradable y placentera labor de alegrar los sentidos. Aún quedaban ecos del aroma de las rosas, de los claveles y de las azucenas.

Los vecinos, reconfortados, asomados a las ventanas, a las puertas, saludaban a las primeras estrellas de la noche...

María del Carmen Polo

1 comentario:

  1. No hay nada como merendar en el campo. Una imagen preciosa y un bonito relato.
    un beso
    Lola

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