martes, 22 de noviembre de 2016

Una visita al hayedo de Montejo de la Sierra, y un encuentro de fantasía. ¿Me acompañáis?





Las nueve menos cuarto. Vamos tarde, vamos tarde, no vamos a llegar a tiempo y nos quedaremos sin poder entrar. A ciento cuarenta por la autovía adelantamos coches y camiones. Vaya, parece que no hay mucho tráfico. Pero no, es una ilusión, allí está el cuello de botella, pasado El Molar. No vamos a llegar, no vamos a llegar, y aquellas nubes negras me dan una mala espina... 

¿Cuánto tiempo nos queda? Apenas diez minutos, nada, ni de casualidad llegamos. Venga, que sí, que a lo mejor sí llegamos. Venturada, La Cabrera, una más y esa salida, esa salida es la nuestra, la de Horcajo de la Sierra. Y salimos. Atrás queda la autovía de Burgos, esa autovía que detesto, con sus tremendos desniveles y sus curvas tan cerradas. Ahora la carretera es una simple carretera local, es una cinta que se estira y se ondula, deslizándose entre montes. 

Esto sí me gusta, esto es más de “andar por casa”, más amigable. Y es que una es sencilla y le gusta mucho más la bondad de las carreterillas locales que la extravagancia de las prepotentes autovías. A los lados de este camino familiar, campos cubiertos con una fina capa de nieve; árboles y matorrales salpicados de blanco; vacas pastando, ¿tienen frío? no sé, “son del país”, estarán acostumbradas, supongo. En el cielo juegan a perseguirse nubes negras y blancas, parece que hicieran una competición y a lo mejor la hacen, ¿verdad?, ¿qué sabemos nosotros de las nubes? 

Las diez y cuarto, ya ni de milagro llegamos, ¿cuánto falta? dos kilómetros. Culebreamos un poco más, sorteando vacas y terneros que pasean por la carretera, y pasamos Horcajuelo de la Sierra y ya está, aquel es, Montejo, escondido entre árboles.

-¡Oiga! ¡buenos días! ¿para lo del hayedo...?
-Al final del pueblo, la última casa baja.
-¡Muchas gracias!

Nada, mala suerte, no hemos llegado a tiempo, ¿y ahora? pues... o esperamos a ver si hay alguna baja en la visita de las doce y media, o tomamos una ruta alternativa.
¿Esperamos? De acuerdo, esperamos.

Ya está, ya tenemos asegurada la entrada, ahora a reservar el restaurante, para las dos.

- ¿Tomarán cordero asado?
- No, no tomaremos cordero asado,
- Es que si lo iban a tomar hay que prepararlo con anticipación,
- No, gracias, no tomaremos cordero asado.

Fuera ya del restaurante...

-¿Y ahora?
- Ahora al hayedo. En coche.
- ¿En coche? ¡pero si yo creía que estaba aquí al lado!,
- Pues no, está a veinte kilómetros.

Veinte kilómetros a veinte por hora, por carretera de montaña, disfrutando de un paisaje de praderillas vestidas de novia, de pinos nevados, de abetos, de robles, igualmente blanqueados, y acompañados de la nieve, que comienza a caer y nos repiquetea en los cristales. Vemos las sierras al fondo, pintadas de blanco, con un manto de nubes negras sobre ellas.

- Mira, una vaca negra con su ternero mamando, ¡hazle una foto!
- ¡Vaya!..., un coche detrás..., no podemos pararnos...

La vaca y el ternero ni se inmutan, nos ven pasar y siguen a lo suyo;

- Mira..., más vacas, lamiendo el suelo.
- ¿Qué hacen?, ¿beben?
- No, intuyo lo que es, pero no puedo asegurarlo.

Al fin, llegamos.

El río Lozoya sirve de frontera entre Guadalajara y Madrid. Aparcamos en Guadalajara y retornamos a Madrid. Empieza a nevar con fuerza. Nos quedan diez minutos para que empiece la visita guiada. Hay gente que pasa hacia el interior del bosque, pero son del pueblo y como el hayedo es del pueblo... no necesitan pases ni guías. 
 




Y empieza la visita, guía al frente, mientras arrecia la nevada. Advertencias: hay que dejar todo como estaba, como si nunca hubiéramos pasado por ese lugar; no hay que arrancar las hojas porque si lo hacemos los que vengan después no las verán y nosotros no las podríamos ver si los de ayer las hubieran arrancado; no hay que salirse del camino, los brotes de hayas pueden destruirse al ser confundidas con briznas de hierba, además, la visita durará menos que otros días, hay zonas heladas y es preferible no pasar; pónganse los pelos bien, que está la tele; y todos miramos alrededor, ¿dónde está la tele?, y la tele está, pero apenas si nos enfoca, y eso que nos hemos puesto bien los pelos y nos hemos intentado quitar, en vano, todas las gotas de hielo que nos cubren la cabeza.

La cortina de nieve que nos acompaña es hermosa.

- Es la primera vez que esto me sucede.
- ¿El qué?
- El caminar en medio de un bosque mientras nieva.
- Sí, es verdad, hace mucho tiempo que no caminamos bajo la nieve, ni en el bosque, ni en ningún otro lugar.
-Es que el tiempo ya no es lo que era.

Corrillo en torno a la guía y explicación: esto es una haya, tronco liso, ramas en paralelo, debajo no crece nada; esto es un roble, tronco rugoso, ramas hacia arriba, debajo de ellos crece el brezo, el enebro y todo tipo de flores, ¿saben por qué? Silencio. Todos parecemos muy interesados en el río, en las ramas, en el paisaje... 

Nadie sabe por qué y si lo saben se lo callan... Pues porque las hayas no dejan pasar la luz, de modo que a su alrededor no crece nada.  ¿Las hojas?... Se agacha y coge un par de hojas marrones, húmedas, de la enlodada tierra, las eleva para que todos las veamos. 

Vean, la del roble en forma de huevo, con minúsculos pelillos a su alrededor, para retener la humedad; la del haya dentada, con el envés suave, con los mismos pelillos que la hoja del roble tiene alrededor, para retener la humedad. El fruto del roble, la bellota; el del haya, el hayuco..., y rebusca en sus bolsillos hasta encontrar una pequeña cápsula en forma de triángulo. Esto es un hayuco, dice. Los pequeños animales, como las ardillas, los cogen y los esconden, después no se acuerdan de dónde las han puesto todas, y muchas de ellas germinan, dando lugar a una nueva haya.

Me fijo en una fuente de piedra, y en un gnomo que está bebiendo de ella. Es pequeñísimo, da saltos con sus botitas rojas y lleva un abrigo verde pradera y una cesta en la mano.

- ¿Qué haces? está nevando...
-  Ya, no soy ciego, ya sé que está nevando.
- ¿Qué haces?
- ¿No sabes hacer otras preguntas?
-  No me has contestado.
- Recojo copos.
- ¿Para qué?
- Para mi culebra.
- ¿Una culebra?
- ¿Eres sorda? Cada día estáis peor los que venís por aquí...
- No, no estoy sorda, pero no sabía que los gnomos cuidaran culebras y menos que les llevaran copos.
- Ya..., también es la primera vez que ves a uno de nosotros fuera de un libro de cuentos.
- Eso sí que es verdad.
- Oye...
- ¿Qué?
- Se aleja tu grupo...
- No importa, los alcanzo, no pueden ir muy lejos, nos han dicho que está helado más arriba. Pronto se darán la vuelta.            
- ¿Ves eso de ahí?-, el gnomo señala al otro lado del camino,
- Sí, un arbusto.
- ¿Un arbusto?, ya veo que no tienes ni idea de árboles ni arbustos,
-  Pues no, la verdad es que no.
-  Mira bien, ¿qué ves?
- ¡Anda!, pues no es un arbusto, son dos.
- Sí, son dos y tienen nombre, ¿los conoces?
- No, no lo sé.
- No si cuando yo digo que sois todos unos ignorantes...
- Oye, sin insultar...

El gnomo salta desde la fuente hasta la orilla del río:
- Te voy a contar una historia.
- ¿Una historia?
- ¿Tienes que repetir siempre lo que yo digo? 
- Perdona, venga..., a ver esa historia...

 Y el gnomo cuenta, dando saltitos sobre la nieve...

- Por la gracia de las hayas, un día nacieron un niño y una niña, que siempre estaban contentos, corriendo, jugando entre el bosque y el río, con tanto espacio para ellos que nunca se aburrían; y los niños crecieron y se hicieron jóvenes y se enamoraron. Siguieron pasándolo muy bien los dos en el bosque, pero a las hayas no les gustaba que estuvieran tan libres y decidieron que tenían que casarse, y se casaron. Eran muy felices, nadando en el río, paseando entre los robles y las hayas, confraternizando con las garduñas, con los zorros, con las ardillas... Pero un día él quiso salir de los límites del hayedo, quería ver mundo, y ella, enroscándose en él, le impidió que se marchara. Las hayas los convirtieron en hiedra a ella, a él en acebo, y desde entonces ahí están, anudados amorosamente para siempre, ¡ya está!, ¡fin de la historia!.

Y el gnomo salta de nuevo a la fuente, se inclina ante mí, esperando un aplauso, y yo aplaudo,

- Gracias, y ahora, perdona, pero me voy, que mi culebra me espera,
-  Y a mi el grupo, ¡adiós!.

Y el gnomo desaparece dentro de un haya hueca, donde se ve la hojarasca que sirve de cama durante la noche a algún animal pequeño. También se ven hongos, grandes hongos blancos que han crecido en el interior del árbol herido.

La fuente queda vacía. Me quito un guante y meto un dedo en el agua. Lo retiro de inmediato, ¡qué horror! ¡está helada! Me acerco al grupo. Se habla de visones. El río está lleno de visones, aunque ahora no vemos ninguno, pero son plaga, a decir de la guía. Se comen todo lo que se mueve y no sea muy grande, incluso han llegado a atacar a las vacas, que pasan de Guadalajara a Madrid, sin saber que están haciendo turismo rural.





La visita llega a su fin. Ha dejado de nevar. No hace frío, o puede que lo haga, pero yo no lo siento, embutida como voy en unos pantalones de esquiar, un jersey de lana, un grueso anorak, una bufanda escocesa, unas botas de montaña y unos guantes. Ahora podemos volver a nuestro aire, pero sin abandonar el camino. Las hojas de los robles y las hayas están coloreadas con distintos tonos de amarillos, de marrones, de naranjas... los acebos verdes nos muestran sus bayas rojas. Los enebros, con sus hojitas en forma de agujas, están salpicados de hielo. También el brezo. El río sigue su marcha, a veces mudo, a veces susurrando baladas a las piedras. Las vacas, en la ladera de Guadalajara, rebuscan entre la nieve. Luego, en la carretera, siguen lamiendo el asfalto, donde esperan encontrar la sal que ellas asocian al blanco que las rodean.

Durante el almuerzo se reanuda la nevada, tan fuerte que todo queda envuelto en una película blanca, parece una de esas bolas de cristal que al darle la vuelta nos muestra un paisaje navideño en el que nieva despacio. Al salir del restaurante, el cielo está azul y la carretera húmeda, pero limpia de nieve. Vamos de regreso, camino de Buitrago de Lozoya. Nos deslizamos entre campos de encinas, montañas oscuras y nevadas, antenas gigantescas... ¿Son de la NASA? No, son de la Telefónica... 

Llegamos a Buitrago y visitamos las murallas, el destruido castillo, la iglesia, las calles vacías... Un viento helado nos hace tiritar y desear la protección del coche. El río brilla bajo un sol luminoso y un cielo limpio de nubes. Un pato cruza el río, ajeno a la gelidez del agua y del aire. Por último, Madrid, los atascos y el refugio acogedor de la casa. La excursión ha terminado. La próxima visita al hayedo de Montejo de la Sierra, la sierra pobre de Madrid, será en primavera, cuando todo esté en flor y los árboles cubiertos de verde.

Mari Carmen 

3 comentarios:

  1. Me lo leido entero,es la una y media de la noche. Muy bien, el lector parece que tambien ha realizado la excursión. Buenas noches, Mari Carmen. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias mari carme me lo pase fenomenal, despues del susto que me hicite pasar, pese, ¿llegaremos o tendremos un episodio?, pero por fin llegamos y todo bonito bonito, y la firma fue el gnomo,que dulce
    un abrazo calido

    ResponderEliminar
  3. Un lugar de cuento, sin duda. Un beso.

    Lola

    ResponderEliminar