lunes, 19 de diciembre de 2016

El pueblo






Rodeado de montes, arroyos y verde hermosura, ¿qué otra cosa puede hacer un pueblo sino dar gracias al cielo y dejarse mecer en los brazos del placer, la belleza y el silencio?

La pradera, hormigueante de vida, no quiere escuchar nada más que la canción que el viento prende en las retamas, la melodía susurrante del río que anuncia alegremente el alba, los gorjeos jubilosos del gorrión que va y viene entre los setos, mirar hacia el horizonte sobre el que se mecen los álamos ceremoniosos y percibir el aroma de los rosales llenos de capullos a punto de abrirse.

El pueblo, inmerso en tanta ventura, no puede sino dejarse acariciar... y rendirse.

Mari Carmen Polo



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