viernes, 30 de diciembre de 2016

El recuerdo de una bella Navidad





Apenas media docena de frágiles bolas de cristal - rojas, verdes, anaranjadas... -, alguna tarjeta adornada con letras doradas, algo de espumillón plateado y unos recortables salidos de no sé dónde, decoraban nuestro primer árbol, un pino pequeño y rechoncho, que nuestro padre cortó en el monte y nosotros colocamos, con ilusión y mimo, en una esquina del comedor. 

A su alrededor... unas piñas abiertas sobre el suelo de madera, el aroma fresco de la resina que se mezclaba con el perfume salado del océano, y, cómo no, los chavales del cuartel cantando villancicos a golpe de zambomba y pandereta, los ojos tan brillantes como luminosa eran la luna llena. Sin olvidar que mientras correteábamos entre rocas, algas y tablas viejas, nos comíamos el turrón y los polvorones, al tiempo que las olas nos hacían los coros al destrozar, con nuestras voces desafinadas, a La Marimorena.

¿Fue, acaso, viviendo en el cuartel de La Bermeja, cuando tuvimos nuestra mejor Navidad? 

No lo sé. Ha habido muchas otras, en diferentes pueblos, todas muy entrañables, que me hacen sonreír al recordar. 

Lo que sí sé es que aquella fue una inolvidable Nochebuena, todos sentados sobre la arena, mirando al fuego, cantando, riendo, bajo las estrellas y junto al mar.