miércoles, 28 de diciembre de 2016

La niebla del olvido

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A veces, más de las deseadas, la niebla cubría toda la plazuela, la vieja olma, los bancos desvencijados, la fuente y el camino que llevaba hasta la ermita. Húmeda y pegajosa, se acurrucaba sobre la paja que se amontonaba junto a los muros derribados, en espera de ser puesta a resguardo de las tormentas que sacudían el pueblo y sus alrededores, una tarde sí y otra también. 

El agua del abrevadero, que antaño había saciado la sed de las bestias, tan sólo servía ahora para que los pajarillos limpiaran sus plumas y algún perro sarnoso se mojara el hocico. Unas hojas se movían en su superficie, tristes barquitas sin velas ni timón que no llegarían a ningún puerto ni siquiera con la ayuda del viento. 

El pueblo, que un día fuera ruidoso, había ido quedando silencioso con el paso del tiempo. Ancianos labradores, pocos, aún se afanaban por taponar las heridas sangrantes de una villa que años atrás estuviera preñada de risas, de fiestas, de campanas al vuelo, de historias, de anhelos... Vano intento, porque en las cocinas de las viejas casonas apenas si ardía ya algún leño, y en los corrales no balaban las ovejas ni los gallos cantaban al amanecer, afanosos y contentos. 

Poco a poco, el pueblo, aletargado, olvidado, pesaroso, se iba consumiendo bajo la niebla, los vientos, el frío y las crudas nevadas del invierno... 

Mari Carmen


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