miércoles, 11 de enero de 2017

Yesterday. Mi primera vez.

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Tengo nueve años.  
Y escribo. 

Estoy en una habitación destartalada y en penumbra. Una mesa de madera con un mantel de cuadritos azules y blancos soporta el peso de mis brazos menudos. El lápiz, mordisqueado y humedecido, baila entre mis dedos. El pequeño transistor encima de la mesa, a mi lado, es mi único compañero. La tarde, colándose por la ventana entornada, está lenta, espesa, y un suspiro de sol se filtra por aquella rendija dejando una breve mancha dorada en el suelo. Moscas somnolientas zumban alrededor. Y yo, que tengo nueve años y escribo en una tarde como otra cualquiera, siento, de pronto, que la oscuridad de la sala se rompe y se vuelve fuego de arco iris. 

Quieta, con el lápiz entre los dedos, veo una multitud de luces chispeantes que se van escapando de la cajita negra, respiran libremente y se deslizan, sin que nada las detenga, entre mis labios, arrastrándose como un río impetuoso por mi garganta y bajando en cascada hasta el estómago. Luces que me envuelven y se introducen por cada uno de mis poros, fluyendo por mis venas, llegando hasta mi cerebro, donde se acomodan durante una eternidad para salir de nuevo al exterior y enredarse en mi pestañas, en mi pelo, huyendo después hacia la ventana entreabierta dejándome casi sin aliento. 

Suena ese Yesterday y todo queda parado en el universo chiquito que me rodea: el polvo deja de posarse en los tapetes blancos de ganchillo; el olor a limones de la estancia se concentra en los rincones dejando libre el círculo donde yo apenas respiro; la calle y sus voces fantasmales desaparecen; también se amortiguan, hasta casi perderse, mis pensamientos y mi mente se queda en blanco, papel secante, absorbiendo, paladeando, triturando dentro de mi cabeza notas que no sé que son notas, matices que son lados de un espejo de mil caras, palabras que otros me prestan y que no entiendo.

Siento ansiedad y quiero apresar esa música, encerrarla en un estuche de cristal, guardarla entre mis collares de feria y pulseras de pasta coloreada, mis cromos de flores y frutas, mi juego de café de tazas diminutas y mis cuentos de aventuras. Quiero que se eternice el momento, que el tiempo dentro del tiempo no se evapore y continúe meciéndome en ese mar extraño por el que voy navegando y que me lleva lejos, muy lejos de la mesa de madera con hule de cuadros azules y blancos, del lápiz carcomido, de la sala con olor a limón y de las moscas que revolotean en torno a mí. 

Tengo nueve años y acabo de descubrir lo que es la magia en una tarde, que nunca más será una tarde cualquiera, aunque no recuerde ni el día ni el mes, ni la hora, pero sé que tengo nueve años y que, sola, estoy escribiendo en una habitación envuelta en la penumbra antes de que la música que se escapa de aquella radio negra y pequeña me golpee en pleno hígado del alma y el mundo, igual que una granada madura, se parta en dos entre mis dedos. 

Se acaba la canción y apago la radio. Dejo el lápiz sobre el papel y con las últimas notas dando volteretas en mi cerebro, me asomo a la ventana. En el horizonte, el sol, lentamente, va ocultándose tras la loma. Le miro cara a cara. Creo que me sonríe y que me dice adiós, guiñándome un ojo.
 
Tengo nueve años y, de alguna manera, gracias a la música, sé que he crecido.

Mari Carmen 

8 comentarios:

  1. Eres un primor lo que tocas lo magnificas, que maravilla
    un besazo

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    1. Qué generosa eres, María Jesús :) Muchas gracias, guapa.

      Un abrazo

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  2. Bonjour Mari,


    Jolies couleurs pour ce coucher de soleil, joli mélange d'ombres et de lumière. Passe une bonne journée, je t'embrasse.
    Jean-François. www.jfbaphotographie.com

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    1. Bonjour, Jean-François!

      Merci beaucoup! Toi aussi, passe une belle journée!

      Bisous

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  3. Un bonito relato para contar un bellísimo recuerdo. Me gusta tu blog,un abrazo

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    1. Gracias, Ana. Un placer recibirte en este lugar.

      ¡Ten un buen día!

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