20 octubre 2021

La casa del pueblo

 

 

Nueva Carteya. Mercado municipal e iglesia de San Pedro

 

No sé qué tienen las casas de nuestra niñez, pero suelen permanecer casi inalteradas en nuestra memoria. En mi caso, las casas que mejor recuerdo son las de mis abuelos, en Nueva Carteya o en el Puerto de Motril. Y es lógico porque de las demás, de mi propia casa, habiendo pasado por tantas, tan sólo me vienen a la mente algunas habitaciones, cocinas, corredores, patios... Pero no las veo al completo, tal como me sucede con la casa familiar del pueblo.

En mi recuerdo, además de pasearme por todas las habitaciones de la primera y segunda planta, el patio, el corral... sé que la casa de mi abuela, en Nueva Carteya, días antes de la Navidad, olía a canela, a granos de anís, a aceite de oliva, a almendras, a miel... A dulces que sabían a gloria bendita.

Y el resto del año, por las ventanas que daban al patio, se colaba el olor de las rosas, las violetas y los geranios. También había una parra que en agosto se adornaba de gruesos racimos de uvas doradas. Las avispas zumbaban a su alrededor y yo, sumida en el sopor de la tarde veraniega, las miraba hacer sus acrobacias cuidando de que no se acercaran demasiado, por temor a sus picaduras. 

Incluso hubo una morera de tronco grueso y rugoso por el que serpenteaban hileras de hormigas negras y algunas arañas diminutas. Cuando las moras maduraban, el suelo se teñía de malva. Con sus hojas, los niños alimentábamos los pequeños gusanos de seda que guardábamos en cajas de zapatos. 

Un día, ya no recuerdo cuándo, cortaron la morera y con ella cercenaron un buen pedazo de la historia familiar.

La casa de El Puerto de Motril era pequeña y algo oscura. Supe, tiempo después, que era alquilada, pero allí mi abuela vivió muchísimos años, hasta que los hijos la llevaron con ellos. En aquella casa aprendí a dibujar, chupé caña de azúcar, comí por primera vez chirimoyas, le cogí fobia a los vampiros, me divertí leyendo cuentos, observaba cómo mi tía María hacía arroz con caracoles y mi abuela Pura las migas con pulpo asado. En una habitación mi tíos tenían un gran cantidad de redes, almacenadas. No sé para qué. Ellos eran pescadores, patrones de barco, pero  siempre pensé que las redes debían estar en el barco, no en casa. 

Pero no es la casa de Motril la que más echo de menos. Es la de Carteya, con sus arcones de madera, llenos de tesoros, donde mi tía Eladia guardaba parte de su ajuar, que ella misma había bordado, y las habitaciones donde se agrupaban los cestos llenos de retales, pues mi abuela era modista. 

Eso es lo que me gusta rememorar: aquellas cestas repletas de trozos de tela que usábamos para vestir a nuestras muñecas, las uvas apetitosas, las tortitas de aceite, las moras dulces, la olorosa albahaca ahuyenta mosquitos, el pan con aceite y azúcar, y la voz de mi abuela, cálida y alegre, que aún siento, a pesar de que murió hace años. 

Las casas de mi niñez. Paredes entre las que aún sueña y ríe una Mari chiquitita. Casa únicas e inolvidables.