27 julio 2022

Libros para adolescentes.

En mis estanterías hay libros de una gran variedad de temática, y para todas las edades, desde bebés, niños algo más creciditos, adolescentes, adultos...

He leído la mayor parte de esos libros. En general, te hacen soñar, te llevan por parajes magníficos, te enseñan cómo piensan otras gentes... Suelen ser amenos, claros, divertidos, interesantes, instructivos, o bien oscuros y aburridos hasta decir basta (que es lo que suelo decir cuando no me atrapan, basta, y pasar de leerlos). Estos últimos no los he elegido yo, me han llegado sin yo pedirlos, pero... aquí están y ya veré qué hago con ellos, porque dudo mucho que me dé un arrebato y los lea.

Como julio está siendo insufrible me dedico a ver series y a disfrutar de estas calurosas vacaciones. Y leo. Leo muchísimo. O más bien, releo. Pero llega un momento en que el tedio es tan grande que ya no sé a qué agarrarme. Hace dos días, revisando por los estantes, en la sección 'adolescentes', encontré un libro que no había leído (son libros que le compramos a mi hija cuando ella era adolescente, y yo no suelo tener mucho apego a ese tipo de literatura, ya no). Se titula Un Lugar Aparte. Le eché una ojeada y me gustó. Trata sobre una chica de 14 años y todos sus  temores, su angustia tras la muerte de su padre, la relación con su madre y con sus compañeros de instituto, su querer complacer a todo el mundo, su miedo a ser rechazada, sus sueños, el no saber dar nombre a qué le sucede en un momento determinado porque aún no tiene las herramientas suficientes... 

He terminado el libro en un pis pas. No es muy extenso: 175 páginas, se lee de un tirón. Cuando lo coloqué de nuevo en la estantería, me pregunté por mis 14 años. ¿Qué recordaba yo de mi adolescencia, de mis 14, 15, 16 años? Me asusté un poco cuando intenté volver a aquella época y así, a bote pronto, no recordaba nada. ¿Nada? ¿No me había ocurrido nada ese año? 

Entonces se fue descorriendo un velo en mi mente, lentamente, muy lentamente. Sí, claro que me habían ocurrido cosas a mis 14 años. Yo era una chiquita que estaba estudiando el bachillerato en un pueblo segoviano llamado La Nava de la Asunción, en un colegio de monjas, y con profesores que venían de fuera a dar las clases. Fue el año en que tuve que quedarme un mes con unos amigos de mis padres, en el cuartel de La Nava, hasta terminar el curso, porque a mi padre lo habían trasladado a Revenga, a ocho kilómetros de Segovia. 

Fue un final de curso maravilloso. Aprobé todo y, como viaje de fin de curso del colegio, salimos de excursión a la provincia de Ávila, a ver las cuevas de El Águila, en Arenas de San Pedro. Fue un día, solo un día, pero fue excitante y fantástico. Terminó el curso y dejé atrás La Nava. Marché a Segovia, en tren. Yo sola. Fue la primera vez que yo viajaba sola... tan lejos. Al menos a mí me parecía lejísimos. 

Mi madre tenía que esperarme en la estación. Fue un alivio verla porque me sentí totalmente perdida en aquel lugar, sin conocer a nadie, hasta que la vi aparecer junto a otra compañera del cuartel. Y pasamos una mañana genial. Me llevó a la peluquería y me cortaron las trenzas. Me dejaron una melenita preciosa. Me compró dos sujetadores y dos vestidos muy bonitos. Aún me acuerdo de ellos, de los sujetadores y de los vestidos, y aunque no tengo fotos los recordaré siempre. En cuestión de unas horas había pasado de ser una niña a ser una mujercita. Y para completarlo, poco después tuve mi primera menstruación. 

El verano de mis 14 años pasó entre ranchos, vacas, zarzamoras, idas y venidas al pantano (solo de paseo, nada de baños, era peligroso), juegos por las rocas con los demás chavales del cuartel, noches estrelladas y rumor de grillos. Libertad y felicidad a paletadas. Antes de finalizar el verano despedimos a mi abuela, la madre de mi madre, que había pasado varios años con nosotros y marchaba con mis tíos a La Mamola, en la costa de Granada, con un clima invernal más benigno que el segoviano. Me regaló sus tijeras, que aún conservo y uso.

Pasó el verano y yo volví al colegio de La Nava, pero poco después, antes del invierno, mis padres se mudaron al cuartel de Coca, y allí empezó una etapa totalmente nueva para mí, donde los chicos, los bailes, los paseos alrededor de castillo, las fiestas, o los baños en el Eresma, junto con mis estudios, llenarían mis días y mis noches. Y así hasta casi los 18, que, destrozada, le tuve que decir adiós, para volver a Andalucia, al Valle de los Pedroches. 

He olvidado mucho de mis 14 años. Imagino que, entre otras cosas, esa angustia que debía tener por situaciones que no comprendía, que no sabía cómo resolver y que no me atrevía a preguntar a casi nadie, quizá a alguna amiga, igual de perdida que yo, pero desde luego no a mis padres porque con mis padres no hablaba nada más que de trivialidades. Solía llevar un diario. Escribía cosas en un cuaderno de pastas negras, con olor a menta. Lo rompí antes de hacer el traslado. Me he arrepentido muchas veces de eso. Me hubiera gustado leer mis pensamientos a esa edad. Y dejé de escribir diarios, hasta mucho después, ya siendo adulta. 

Pero leía, siempre leía, y mucho. Buscaba en los libros lo que no podía encontrar a mi alrededor, la respuesta a mis preguntas. Fueron mi salvación cuando había que empezar de nuevo, una y otra vez, en otros lugares, con otras gentes.

Me enternece pensar en aquella muchachita de 14, 15 o 16 años. Cuántos errores cometidos, cuántas ganas de complacer, de sentirme acogida y querida, aunque supiera que aquello duraría poco porque habría que hacer las maletas de nuevo... Igual que la protagonista del libro.

Los 14, 15, 16 años pasaron. De aquella época me han quedado fotos en blanco y negro, recuerdos dulces y otros un tanto amargos, y una amiga, Fidela, con la que hablo de vez en cuando. Escuchar su voz, la voz de siempre, me hace sentir que sí, que en mi adolescencia estuve allí, que lo viví, que no lo soñé.   



 

 


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